
El hombre que cayó 5.500 metros sin paracaídas y vivió para contarlo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La prueba más extraña de la supervivencia de Nicholas Alkemade fue escrita por sus enemigos: las autoridades alemanas terminaron certificando que aquel prisionero británico había caído unos 5.500 metros sin paracaídas y había llegado vivo al suelo. Tenía 21 años y era artillero de cola del 115.º Escuadrón de la Royal Air Force. Durante la noche del 24 al 25 de marzo de 1944 ocupaba la estrecha torreta trasera del Lancaster DS664, bautizado Werewolf, en su decimoquinta operación de combate.
El bombardero despegó de RAF Witchford a las 18:48 para participar en una incursión masiva contra Berlín. Aquella noche, fuertes vientos desplazaron a numerosos aviones de su ruta prevista durante el regreso. Poco antes de medianoche, un Junkers Ju 88 pilotado por Heinz Rökker alcanzó al Werewolf desde abajo. El ala derecha y el fuselaje comenzaron a arder. El piloto James Arthur Newman ordenó abandonar el avión. Para Alkemade apareció un problema añadido. La torreta trasera del Lancaster era demasiado pequeña para trabajar con el paracaídas colocado. El artillero llevaba únicamente el arnés; el paquete estaba guardado dentro del fuselaje y debía engancharlo antes de saltar.
Cuando abrió las puertas de la torreta para buscarlo, lo encontró envuelto en llamas. El calor le quemó el rostro y las muñecas y comenzó a derretirle la máscara de oxígeno. Poco después ardió también el fluido hidráulico de la torreta y el fuego alcanzó su ropa. A unos 18.000 pies de altura, Alkemade comprendió que no estaba escogiendo una forma de salvarse. Escogía entre permanecer dentro de un bombardero incendiado o caer hasta el suelo. Giró la torreta hacia un lado y salió de espaldas hacia la oscuridad. No se quitó siquiera el casco ni desconectó el intercomunicador.
Las ramas y la nieve como salvadoras
Aproximadamente tres horas después abrió los ojos. Estaba tendido bajo las ramas de un pequeño bosque de pinos. Había atravesado las copas de árboles jóvenes y terminado sobre una capa de nieve de unos 46 centímetros. Sus botas habían desaparecido durante el descenso. Comenzó a mover el cuerpo. Tenía quemaduras, cortes, hematomas y una rodilla torcida, pero ninguna fractura. A unos veinte metros del lugar donde había caído comenzaba un terreno abierto sin la misma cobertura de nieve. Los últimos metros habían determinado el desenlace: las ramas flexibles cedieron progresivamente y alargaron el tiempo durante el cual su cuerpo perdió velocidad antes de alcanzar la superficie.
Los interrogadores alemanes querían saber dónde estaba su paracaídas. Alkemade explicó que nunca lo había utilizado. Su relato parecía tan improbable que inicialmente sospecharon que había ocultado el equipo. Él mismo les indicó cómo comprobarlo. En el bosque había dejado el arnés que todavía llevaba puesto al aterrizar. Una búsqueda encontró el arnés exactamente en las condiciones descritas. Después llegó una segunda evidencia. Los restos del Werewolf habían caído unos treinta kilómetros más lejos. Allí encontraron todavía guardados la manija metálica y el cable destinados a desplegar el paracaídas de Alkemade. Nunca habían sido accionados.
El 25 de abril quedó registrado por escrito que las autoridades alemanas habían investigado el episodio y corroborado la caída de 18.000 pies sin paracaídas. Alkemade se convirtió después en prisionero de guerra y terminó en Stalag Luft III, donde su historia circuló entre los aviadores cautivos. El resto de la tripulación no tuvo la misma fortuna. Nicholas Alkemade regresó a Gran Bretaña después de la guerra y murió en 1987. Su historia suele medirse por los 5.500 metros que recorrió sin paracaídas. Sin embargo, su supervivencia se decidió en una distancia mucho menor. Después de caer durante kilómetros, fueron unos cuantos metros de ramas y nieve los que consiguieron detenerlo.






