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Por Yeison Derulo

La Habana.- Un organismo internacional tiene que venir a financiar el Programa de Alimentación Escolar (PAE)  porque el Estado, después de más de seis décadas prometiendo un paraíso socialista, no es capaz de garantizar algo tan elemental como un almuerzo escolar.

Y todavía hay quien pretende vender esto como un éxito de la Revolución. ¿Éxito? Si para darle un plato de comida a un estudiante hace falta que España perdone una deuda y el Programa Mundial de Alimentos ponga el dinero y la supervisión, lo que estamos viendo no es una victoria, sino la confesión pública de un fracaso.

Lo más llamativo es que los recursos salen de un canje de deuda. Es decir, Cuba no está financiando la alimentación de sus niños con la riqueza que produce, sino con una deuda que otro país aceptó convertir en ayuda.

En cualquier nación seria esto provocaría un debate nacional. Aquí, en cambio, lo presentan como un logro de la cooperación y todos aplauden como si fuera normal que una «potencia» médica, educativa y revolucionaria dependa de la caridad internacional para llenar un plato de arroz.

El nota de prensa habla de fortalecer capacidades locales, conectar a los productores con las escuelas y acercar alimentos frescos a los estudiantes. Todo eso suena muy bonito en el papel. La pregunta es sencilla: ¿qué hicieron durante los últimos 66 años?

Si ahora descubrieron que comprar alimentos a los campesinos de la zona mejora la alimentación escolar, entonces alguien debería explicar por qué destruyeron la producción agrícola con burocracia, controles y prohibiciones hasta convertir al país en un importador crónico de comida.

Resulta enternecedor leer que el proyecto durará seis meses y beneficiará a poco más de doce mil niños. Mientras tanto, cientos de miles de estudiantes en el resto del país seguirán dependiendo de un sistema incapaz de garantizar una dieta digna.

Se celebra una ayuda temporal como si hubieran erradicado el hambre, cuando en realidad apenas están poniendo un pequeño parche sobre una grieta gigantesca que lleva años ensanchándose.

Lo verdaderamente triste no es que el Programa Mundial de Alimentos ayude a Cuba. Lo triste es que el Gobierno ya ni siquiera intenta ocultar que necesita a organismos internacionales para alimentar a sus propios niños.

Después vendrán los discursos sobre soberanía, dignidad y resistencia. Pero la soberanía alimentaria no se construye con donaciones ni con deudas perdonadas. Se construye produciendo comida. Y si después de tantas décadas todavía hace falta que otros paguen el almuerzo escolar, el problema no está en la solidaridad internacional; el problema está sentado en el Palacio de la Revolución.

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