
Por Luis Alberto Ramirez ()
Miami.- No existe un país en el mundo con un nombre mejor puesto: El Salvador. Y es que fue precisamente en ese país donde apareció un “salvador” llamado Nayib Bukele. ¿Cuántas naciones desearían tener esa misma fortuna?
El Salvador llegó al mundo hace dos mil años. ¿Y qué hicieron con Él? Lo despreciaron, lo humillaron y, como si no bastara, lo crucificaron. Incluso agonizando en la cruz, pronunció aquellas palabras que han trascendido los siglos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Los pueblos, muchas veces, tampoco saben lo que hacen. En esa ignorancia colectiva terminan cavando el agujero de su propia tumba.
Esta reflexión encuentra sustento en las ideas del filósofo español José Ortega y Gasset, expuestas en La rebelión de las masas. Allí sostiene que las masas suelen dejarse conducir por el pensamiento ajeno y pueden ser llevadas al sacrificio cuando la elocuencia de quien las dirige supera la capacidad crítica de quienes lo siguen.
Desde mi punto de vista, El Salvador fue rescatado por un líder carismático, inteligente y práctico. Sin embargo, buena parte de la izquierda internacional pretende desacreditarlo y, políticamente, “crucificarlo”. A pesar de ello, una amplia mayoría de los salvadoreños continúa respaldándolo, admirándolo y protegiendo el rumbo que ha tomado su país.
Creo que los pueblos necesitan líderes capaces de enfrentar los problemas con decisión y sentido práctico. En mi opinión, El Salvador encontró uno de ellos. Ojalá esa experiencia no sea una excepción. Ojalá Latinoamérica pudiera contar con más dirigentes de ese perfil, incluyendo Cuba.






