
El régimen quiere convertir a La Güinera en su nuevo símbolo de resistencia
Por Oscar Durán
La Habana,. Si hay un barrio en Cuba donde la palabra «bastión» provoca más sonrisas que respeto, ese es La Güinera. El mismo lugar donde el 11 de julio de 2021 miles de personas salieron a las calles para gritar que ya no aguantaban más, ahora es presentado por la cúpula del poder como una fortaleza inexpugnable frente a una supuesta amenaza de guerra.
No deja de ser curioso: el barrio que un día desafió al régimen hoy es el escenario escogido para vender la imagen de una fidelidad que nunca existió.
Hasta allí desfilaron Salvador Valdés Mesa, Manuel Marrero y un ejército de funcionarios para supervisar el Día Nacional de la Defensa. Hablaron de estrategias militares, de preservar el orden interior, de garantizar alimentos y hasta del uso racional del agua. Todo muy solemne. Lo único que faltó fue explicar por qué, si tienen resueltos tantos planes para una guerra imaginaria, no han sido capaces de resolver la guerra cotidiana que libran los vecinos contra los apagones, el hambre, la inflación y las interminables colas.
La puesta en escena fue digna de un libreto repetido durante décadas. Se habló de la «Guerra de Todo el Pueblo», de brigadas de producción y defensa y de convertir La Güinera en un ejemplo para el país. Resulta llamativo que el mismo Gobierno que durante años ha señalado a ese barrio como foco de «elementos contrarrevolucionarios» ahora quiera exhibirlo como modelo de disciplina revolucionaria. Al parecer, la memoria oficial también sufre apagones.
Mientras los dirigentes prometían hacer de La Güinera una plaza invulnerable, muchos de sus habitantes seguramente seguían preguntándose cuándo llegará el agua, si aparecerá el pan o cuánto costará el arroz la próxima semana. Porque una cosa es preparar trincheras para un enemigo extranjero y otra muy distinta enfrentar la realidad de un barrio donde la principal amenaza no llega en barcos ni en aviones, sino desde las propias decisiones del poder.
Quizás el verdadero ejercicio militar que debería organizar la dictadura sea uno de supervivencia económica. Ahí sí tendrían experiencia los vecinos de La Güinera, que llevan años entrenándose para resistir sin electricidad, sin medicamentos y con salarios que desaparecen antes de terminar el segundo día del cobro.
Convertir el barrio en un «bastión inexpugnable» suena grandioso, pero antes tendrían que explicar cómo se defiende una revolución de un pueblo que, precisamente en esas mismas calles, ya perdió el miedo hace cuatro años.






