
¿De verdad Trump se va a bañar en esa piscina sin agua?
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- ¡Le zumba la berenjena! Acabo de saber por un post en el muro del periodista Mario J. Pentón que la última del régimen cubano para salir del foso es nada más y nada menos que ofrecer tierra firme para construir la «Trump Island».
Según detalló el periódico español EL PAÍS, un grupo emiratí liderado por Ali bin Haidar anda firmando cartas de intención con La Habana para encajar en Cayo Santa María un complejo de lujo con dos torres de cúpulas doradas a todo trapo.
Y para rematar el chiste, el vicecanciller Carlos Fernández de Cossío salió muy compuesto, desde hace varios días, a decir que no hay «ninguna razón» para excluir una inversión de Donald Trump si se ajusta a la ley.
Hay que tener la cara de concreto: tras seis décadas dándole palo al «imperialismo yanqui», ahora resulta que el capitalismo del magnate neoyorquino les parece de lo más potable con tal de engordar las arcas de GAESA, en medio de apagones de dos días y una escasez que quita el hipo.
¿De verdad alguien cree que Donaltrón se va a tirar en esa piscina sin agua? La respuesta en el Norte será un «ni soñando» tamaño catedral. Salvo que ocurra un milagro y se alineen los planetas, las regulaciones de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) y la mismísima Ley Helms-Burton le tienen puestas las esposas a cualquier ciudadano o empresa estadounidense que pretenda meter billetes en la isla. Ni siquiera inventando la jugada de cobrar comisiones por el uso de la marca a través del socio árabe se salvan de la mordida legal de Washington.
¿Y el costo político?
Además, ¿qué costo político tendría para el hombre ponerse a jugar con el régimen a estas alturas? El patatús que le daría al exilio en la Calle Ocho de Miami se oiría hasta en el Polo Norte. Entregarles divisas a los mismos que ha criticado sería un suicidio político en la Florida, sin contar que la oposición política le podría montar una fiesta denunciando conflictos de interés y traición a la causa.
Por el lado de allá, en la teoría de la dictadura, el invento entra fácil. La Ley 118 de Inversión Extranjera de 2014 está tan manoseada y desesperada que ya permite casi cualquier cosa con tal de ver dólares frescos, entregando los cayos en concesiones hasta por 99 años.
El problema nunca ha sido el papel, sino la cruda realidad del terreno. ¿O acaso el inversor cree que se librará del clásico «corralito» a la cubana? Las multinacionales como Meliá o Sherritt saben de sobra que en Cuba no te quitan el hotel con un tanque de guerra, sino que te dejan las cuentas congeladas, los turistas comiendo a la luz de una vela y los dividendos varados sin poder repatriar ni un centavo.
«Trump Island» suena muy bonito en los renders con dorados, pero en la práctica tiene todas las papeletas para terminar como otro elefante blanco a oscuras en el Caribe.
Esto no es más que un episodio utópico y surrealista de la diplomacia cubana del dólar…






