Huberta, la hipopótama que le enseñó el culo a Sudáfrica

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Durante más de dos años, Sudáfrica siguió con la boca abierta el viaje de un hipopótamo solitario al que llamaban Hubert. Un bicho enorme, de esos que no deberían estar paseando por campos de caña de azúcar ni acercándose a campos de golf.

Pero ahí estaba. Avanzando hacia el sur, de noche, como un fantasma de dos toneladas. Los periódicos se volvían locos con cada avistamiento. La gente hacía cola para verla pasar. Y nadie, absolutamente nadie, se preguntó si Hubert podía ser HubertA. Porque el machismo, señores, también mata en el reino animal.

La historia empezó en noviembre de 1928, cuando el bicho apareció entre los cañaverales de New Guelderland. Y lo extraordinario no era solo que un hipopótamo anduviera suelto, sino que siguiera caminando hacia el sur sin que nadie supiera de dónde coño venía ni a dónde carajo quería llegar.

Hubert —que así lo bautizaron los periodistas, porque asumieron que era varón— avanzaba como si tuviera un mapa tatuado en el pellejo. Desaparecía semanas y reaparecía cientos de kilómetros más abajo. La gente empezó a escribirle poemas. Los indios de KwaZulu-Natal la llamaban «protectora de los pobres». Los africanos decían que era un jefe reencarnado. Y Hubert, mientras tanto, seguía caminando.

El fin del viaje y la inmortalidad

Recorrió más de 1.600 kilómetros. Una distancia de locos. Las autoridades la declararon «caza real» para protegerla de los cazadores, porque la fascinación pública ya era una epidemia. Pero cuidado: en Sudáfrica, como en Cuba, las leyes a veces valen menos que el papel en que están escritas. Y un día de marzo de 1931, Hubert llegó a la región de East London. Un mes después, su cuerpo apareció flotando en un río. Tenía varios disparos. Cuatro agricultores de la granja De Hoop se presentaron voluntariamente: «No sabíamos que estaba protegida». El magistrado les puso cara de no habérsela creído ni en pedo.

Y entonces vino lo bueno. Cuando los especialistas examinaron el cuerpo, descubrieron el error que el país había repetido durante años. Hubert no era macho. Era hembra. Así que la pobrecita no solo había caminado kilómetros y kilómetros sola, sin atacar a nadie, sin molestar a nadie, sino que encima tuvo que cargar con un nombre de hombre hasta después de muerta. La rebautizaron Huberta. Pero ya era tarde. Los cuatro agricultores pagaron 25 libras de multa cada uno, que en aquella época era algo así como pagar con calderilla. Y Huberta se fue al museo.

Hoy la tienen disecada en el Museo Amathole, en la ciudad de Qonce. Un montaje taxidérmico que llegó a Londres en barco y regresó a Sudáfrica como una estrella. 20.381 personas fueron a verla solo en Durban. Pero lo esencial, lo que nunca podrán disecar, es esto: una hipopótamo joven abandonó las aguas del norte y recorrió mil seiscientos kilómetros por carreteras, granjas y ciudades sin hacerle daño a nadie. Y cuando llegó, cuatro tipos con rifles decidieron que era mejor matarla que respetarla. Suena conocido, ¿no? Así nos va. Hasta los hipopótamos tienen que morirse para que les corrijan el nombre.

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