Del infierno al cielo en 87 minutos: Kane salva a los ingleses del naufragio

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Por Yoyo Malagón (Enviado Especial)

Atlanta.- Señores, agarren el corazón y suelten el suspiro, que Inglaterra ha vuelto a hacer de las suyas. Esa selección que siempre llega con cartel de favorita y siempre encuentra la manera de sufrir hasta el último suspiro, anoche en el Mercedes-Benz Stadium se vistió de resucitadora y le dio la vuelta a una historia que ya olía a desastre. Porque el fútbol, mis queridos amigos, es ese deporte caprichoso donde un minuto estás en el infierno y al siguiente te estás fotografiando con el ángel de la guarda. Y el ángel de los ingleses, para variar, se llama Harry Kane.

El partido empezó con la peor de las noticias para los de Thomas Tuchel: a los seis minutos, Brian Cipenga, un extremo que acaba de fichar por el Almería y que debe estar pensando que esto del fútbol es más fácil de lo que parece, anotó el primer gol de su selección en unas eliminatorias mundialistas.

El tipo, que no por gusto lleva el 9 a la espalda, disparó una vez, y esa vez fue gol. Así de cruel es este deporte. Mientras tanto, Inglaterra, con su posesión y sus oportunidades, se estrellaba una y otra vez contra el arquero Lionel Mpasi, que durante buena parte del partido parecía más un muro de contención que un portero. Hasta tres goles pudieron marcar los ingleses en el primer tiempo, pero el balón, empeñado en no entrar, se topó con manos, piernas y hasta con el palo.

Una segunda parte trepidante

La segunda parte fue un carrusel de emociones que más parecía una montaña rusa que un partido de fútbol. Mpasi, vestido de héroe, seguía rechazando todo lo que llegaba, y en el minuto 63, Mbuku, tras un corner en corto, estuvo a punto de poner el 2-0 y sentenciar la historia. Pero como dice el refrán, tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. Y el cántaro, en este caso, llevaba el nombre de Harry Kane. El delantero del Bayern, que debe tener un imán en la cabeza, conectó un centro de Anthony Gordon en el minuto 75 y el balón, tras rozar el guante de Mpasi, se fue a la red. Empate. El sueño congoleño, que hasta entonces había sido un cuento de hadas, empezó a tambalearse.

Y entonces llegó lo que todos esperaban, lo que los ingleses habían estado buscando con desesperación durante casi todo el partido. A tres minutos del final, cuando el reloj ya señalaba que solo quedaba tiempo para el café y la resignación, Harry Kane apareció de nuevo para clavar el segundo y dejar a los congoleños con la miel en los labios. El sueño del Congo, que había sido tan real durante 87 minutos, se esfumó como el humo. Inglaterra, que había estado a punto de caer en la trampa, resucitó y ahora se planta en octavos de final con la misma cara de incredulidad que el que gana la lotería sin haberse comprado el décimo.

Así es esto, amigos. El Congo, que jugó con el corazón y con el alma, se va a casa con la cabeza bien alta y el orgullo intacto. Le plantó cara a una de las favoritas, la puso contra las cuerdas y solo cayó ante la puntería de un killer que no perdona. Y los ingleses, que volvieron a sufrir más de la cuenta, siguen vivos y con la esperanza intacta. Eso sí, si quieren llegar lejos, mejor que no esperen siempre a que Kane haga magia en los minutos finales, porque la suerte, como el amor verdadero, no dura para siempre. Pero mientras tanto, celebren, que el sueño sigue.

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