HABÍA UNA VEZ

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Por Eduardo González Rodríguez
Santa Clara.- Santiago estaba arando desde el amanecer. Había cantado un repertorio de baladas tristes donde las mujeres se iban, los amores se encontraban y alguien prefería cortarse las venas por asuntos del corazón. A las once de la mañana, cuando su cuerpo no tenía agua que sudar y los músculos se le tensaron como las raíces de una parra, hizo silencio y escondió los ojos en el surco. “Eumelia…” susurró, y el susurro se convirtió frente a sus ojos en un pájaro de sangre. Quiso abrir la boca para emborronar la angustia, pero ya no le quedaban canciones en el alma. Entonces, por distraerse, comenzó a imaginar que la tierra que se abría a un lado y al otro del arado, era el agua que se parte delante de los barcos que cruzan el océano.
A los diez minutos de silencio, Dios quiso verlo de cerca y bajó a la guardarraya. Disfrutó un instante la agilidad del campesino que, a pesar de sus años, parecía una extensión de la madera, allí, donde la mano apretaba el mango del arado.
Cuando el hombre vio a Dios, detuvo los bueyes y se pasó una mano sucia por la frente.
– ¿Qué hubo? -Dijo en voz alta a modo de saludo.
Dios lo miró con sus ojos que todo lo ven y sonrió levantando la mano todopoderosa.
– ¿Quiere agua? -Le preguntó Santiago para llenar el espacio donde, según tenía entendido, debía ir el “Ahí” del visitante.
Dios asintió todavía sonriendo.
-Sírvase… -dijo él, indicando con un gesto la alforja atada a la montura del caballo.
– ¿Es buena su agua? -Preguntó Dios y él respondió con orgullo “la mejor de to esta zona.”
Lo vio beber de su porrón como bebe un hombre que termina de arar el universo.
– ¿Sabes quién soy? -Le preguntó Dios devolviendo el porrón a la alforja del caballo.
-De por aquí no es. Eso es seguro. -Dijo Santiago y comenzó a abanicarse con el ala del sombrero.
-Si se lo digo, no me va a creer… -aseguró Dios.
-Pruébeme. -Lo desafió él esbozando una sonrisa huérfana de dientes.
-Yo soy Dios.
Santiago, sin dejar de sonreír, observó con mansedumbre a aquel extraño.
– ¿Y qué viene a buscar Dios en medio de este monte?
Dios se acuclilló en la guardarraya y comenzó a escribir en la tierra con el dedo.
-Me gusta oírlo cantar. Lo hace muy bien.
Entonces Santiago soltó una carcajada.
– ¡Pues aquí tiene un amigo! Pídame la canción que más le guste y lo complazco.
Al mediodía lo encontraron bocarriba y con los brazos abiertos sobre el surco. “No parece muerto”, dijo el guardia del pueblo observando la sonrisa en el rostro de Santiago. Y luego, cuando descubrió, a dos pasos del caballo, el nombre de Eumelia escrito sobre la tierra, se sentó a la sombra de la ceiba y hubo que darle agua. Dos horas atrás había muerto la esposa de Gonzalo. También estaba bocarriba y sonriendo entre los claveles del patio, rodeada del maíz que les desgranaba a las gallinas. Y quizás nadie lo vio, pero él sí. Mientras las comadres se deshacían en lágrimas y trataban de encontrar, entre todas, las mejores frases de consuelo, él había visto a Gonzalo que, a seis metros de su esposa y rojo de ira, borraba de la tierra, con los pies, el nombre de Santiago.

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