
La Habana y la basura: una historia de amor oficial
Fotos: El Vidrio
La Habana.- La Habana ya no es la ciudad que fue. No es que la memoria exagere: las fotos en blanco y negro de los años cincuenta muestran una capital vibrante, con edificios elegantes, parques cuidados y una vida cultural que era la envidia del Caribe. Hoy, esa postal se ha vuelto una ruina pintoresca para turistas despistados.
Las columnas neoclásicas se descascaran junto a montañas de basura que nadie recoge, los edificios se desmoronan con la misma elegancia con que el régimen abandona a su gente, y las calles huelen a humedad, a gasolina podrida y a ese perfume inconfundible que llaman «resistencia». Lo único que crece con éxito en esta isla, aparte de la desidia oficial, son los vertederos improvisados que adornan cada barrio como macetas de la desesperanza.
Pero no se preocupen: los que mandan no viven aquí. Los Castro, sus hijos y sus fieles burócratas se refugian en sus lujosas residencias de Cubanacán, donde la basura es un concepto ajeno y la pobreza solo se ve en la televisión, cuando les conviene.
Mientras tanto, La Habana agoniza entre escombros y necesidades, convertida en un monumento involuntario al desprecio oficial. Una ciudad que fue joya del Caribe ahora parece un decorado de película postapocalíptica, pero sin la emoción. Porque esto no es ficción: es el resultado de seis décadas de abandono planificado, de una casta política que confunde «patria» con «botín», y de un pueblo que, a fuerza de heroicidad cotidiana, aún tiene la osadía de no rendirse. Eso, al menos, sigue siendo admirable. Aunque a los que gobiernan, como siempre, les importe más bien poco.

La mendicidad, un flagelo que azota a Cuba y desacredita la narrativa de la Tiranía Militar Burguesa, que dirige el país con desprecio total por su gente. Barrio de Los Sitios.

Un hombre lava la ropa en la cisterna del parque, mientras una pipa de agua potable se mueve al fondo.

Donde antes brotaba el agua de una fuente, un hombre aguarda sin esperanzas y la basura florece.

Anciana recogiendo cascarones de coco, para aprovechar el sobrante como alimento. Barrio de Víbora Park, avenida de de Jesús del Monte (hoy conocida como avenida del 10 de octubre), municipio Arroyo Naranjo.

Convivir con la basura se ha vuelto habitual en La Habana de los últimos años. A veces la asimilamos como parte de nuestras vidas.

El país que hizo una revolución socialista en 1959, en el Caribe, con el eslogan de » Con los humildes y para los humildes» hoy tiene que lidiar con mucha frecuencia con una realidad desgarradora como esta.

Muchos ancianos en Cuba tienen que procurarse sus alimentos en basureros citadinos como este. Acopiar un poco de yuca, plátano y otros alimentos descompuestos, o a punto de estarlo, es una faena diaria y fatigosa. La foto fue tomada en la intersección de la avenida Belascoain y la calle Tenerife, Municipio de Centro Habana.

Reciclar de la basura en Cuba, puede ser la diferencia entre comer una vez o dos al día, o dormir sin haberlo hecho. Los ancianos, son los adultos más frecuentemente hallados en estos menesteres. Cualquier objeto desestimado por algunos, puede tener nuevamente un valor utilitario, para otros que lo necesitan como moneda de cambio, para cubrir necesidades perentorias. Barrio de Lawton, Municipio de Díez de Octubre.

Hasta lo más simple puede ser reutilizado

La basura también se vende. En un país como Cuba, con un consumismo incipiente y una inflación de más del 500 porciento, es de entender que la población tenga que hallar alternativas de economía individual y sobrevivencia. Mientras la élite estrena carros de moda, cena manjares exclusivos como trufas y caviar, el pueblo sobrevive con lo que puede. Avenida Belascoain y Tenerife, Centro Habana.

La involución del transporte en Cuba es algo inevitable. En poco tiempo se ha normalizado el uso de los equinos como medio transporte urbano, lo que antes era una rareza risible ahora es algo cotidiano. Barrio de los Sitios, Centro Habana.

Vendedores de «basura» reciclada. Avenida de Carlos lll. Centro Habana.



