
El único cangrejo que Cuba no ha podido atrapar
Por Yeison Derulo
Guantánamo.- Mientras Baracoa se prepara para celebrar otra edición del Festival del Cangrejo, una fiesta nacida para proteger al cangrejo azul, promover la cultura campesina y enseñar a las nuevas generaciones el valor de la naturaleza, hay otro cangrejo que no vive escondido en los cacaotales ni cava madrigueras entre la tierra húmeda. Ese otro Cangrejo se mueve entre escoltas, privilegios y negocios. Se llama Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, y para muchos cubanos representa el verdadero símbolo de una élite familiar que ha convertido al país en su patrimonio particular.
En Baracoa, los campesinos desafían las poderosas pinzas del crustáceo para atraparlo con las manos, respetando vedas, épocas reproductivas y normas destinadas a preservar una especie que forma parte del equilibrio ambiental. Allí el mensaje es claro: proteger lo que pertenece a todos. En La Habana ocurre exactamente lo contrario. Mientras miles de familias sobreviven entre apagones, hambre y salarios que no alcanzan para terminar la primera semana del mes, la casta gobernante disfruta de una Cuba paralela donde nunca falta la electricidad, el combustible ni los lujos.
El Festival del Cangrejo enseña que la naturaleza solo puede sostenerse cuando existe responsabilidad colectiva. Sin embargo, el otro Cangrejo parece haber aprendido una lección diferente: aprovechar un apellido ilustre para abrir todas las puertas. No necesita esconderse en una madriguera porque el poder ha construido una alrededor de él. Una donde las leyes parecen no entrar, las oportunidades solo tienen un apellido y los privilegios se heredan con la misma naturalidad con que otros heredan la pobreza.
Resulta hasta irónico que una provincia celebre con orgullo a un animal cuya captura exige habilidad, paciencia y valentía, mientras el país entero lleva más de seis décadas sin poder atrapar al verdadero cangrejo que mantiene secuestrado su futuro. El de Baracoa, al menos, alimenta a las familias, inspira recetas tradicionales y sirve como excusa para promover la educación ambiental. El otro solo alimenta la indignación de un pueblo que observa cómo una reducida élite continúa disfrutando de una vida inaccesible para la inmensa mayoría de los cubanos.
Quizás esa sea la mayor contradicción de Cuba. En Baracoa, el cangrejo es motivo de fiesta porque forma parte de la riqueza natural de la isla y merece ser protegido. El otro Cangrejo, en cambio, simboliza todo aquello de lo que el país necesita liberarse: el poder convertido en herencia familiar, los privilegios reservados para unos pocos y la certeza de que, mientras una dinastía siga creyéndose dueña de Cuba, ningún festival podrá ocultar la profunda miseria política y social que padecen millones de cubanos.






