
El ladrido del macho alfa, al que nadie le teme
Por Max Astudillo ()
La Habana.- La noticia cayó como un baldazo de agua fría en los pasillos del poder cubano: unos 300 drones de origen iraní, almacenados en depósitos militares en suelo de la isla, fueron descubiertos. Y hoy Miguel Díaz-Canel, el presidente que nadie eligió pero que todos señalan, salió a decir aquello de que Cuba tiene derecho a defenderse.
La frase ha sido tan repetida en las últimas horas, pero es tan vacía como los depósitos de combustible del país, tan hueca como el discurso de un actor al que le dieron un papel que no sabe interpretar. Porque él lo sabe, y nosotros también: no lo dice porque esté convencido.
¿Convencido de qué? ¿De que 300 drones, por muy iraníes que sean, van a frenar la maquinaria de guerra más poderosa del planeta? Ni el más iluso de los generales del las FAR se cree eso. Díaz-Canel ladra porque le han enseñado a ladrar. Y cree que cuanto más alto grite, más posibilidades tendrá de que Trump, ese mismo Trump que ya lo llamó «títere» , se lo piense dos veces antes de dar la orden. Pero el problema es que cuando ladra, su voz suena a plástico. A mentira institucional. A miedo puro y duro.
Y vaya si tiene miedo. No es un miedo abstracto, de esos que se curan con una foto junto a Raúl. Es un miedo con nombre, apellido y tres generaciones. Porque Díaz-Canel sabe que en la cúpula de la familia Castro no hay lealtades, solo intereses. Él ha sido útil, sí. Pero la utilidad caduca. Y él conoce bien el destino de los muebles viejos en esa casa: primero se arrinconan, luego se tiran. En el mejor de los escenarios, una captura y una prisión. En el peor, que los Castro —el Abuelo, el Hijo y el Nieto— lo usen como moneda de cambio en una hipotética negociación con Washington.
El miedo y el sueño perdido
¿Que suena a novela de espías? Quizás. Pero es la materia prima con la que se construye el poder en Cuba desde hace casi siete décadas. Raúl Castro, ese viejo zorro que ve fantasmas hasta en la sopa, no dudaría un instante en ofrecer la cabeza de su presidente a cambio de un respiro para el clan. Y su hijo Alejandro, y su nieto Raúl Guillermo —al que llaman El Cangrejo—, menos aún. Para esa familia, la palabra «escrúpulo» no está en el diccionario. Díaz-Canel lo sabe. Y por eso habla. Por eso alardea. Por eso se coloca al frente de la cámara y reclama el derecho a defenderse.
Pero le queda mal. Siempre le queda mal. Es como si un empleado de oficina, con traje planchado y corbata apretada, amenazara con un lápiz a un tipo armado hasta los dientes. No es que los 300 drones no sirvan para nada —técnicamente podrían ser un fastidio menor—, es que él no es un macho alpha. Es un hombre que llegó a la presidencia por sorteo del aparato, que no tiene mando real sobre las Fuerzas Armadas ni sobre el Ministerio del Interior, y que cada noche se acuesta preguntándose si al día siguiente seguirá durmiendo en la misma cama o en una celda.
Así que ya sabemos: Cuba tiene derecho a defenderse, dice. Y tiene razón en el papel. Pero en la realidad, esto no es más que el ladrido asustado de un presidente que sabe que su única defensa real no son drones iraníes, sino la esperanza de que los Castro no lo entreguen antes de que él pueda entregarlos a ellos. Mientras tanto, los 300 drones descansan en sus depósitos. Y Díaz-Canel, en su despacho, también descansa. Pero ninguno de los dos duerme tranquilo.





