
Las dos muertes de Daniela Largo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La arena del reloj se le había vuelto lenta, pegajosa. Desde la ventana, el niño contaba los carros que no eran el de ella, los pájaros que no eran su risa al llegar. El pastel de chocolate, con sus doce velitas, empezaba a sudar sobre la mesa. Las horas se fueron haciendo más largas que los días, y un silencio raro se metió por las rendijas de la casa, un silencio que no se llenaba con nada. Adentro, en un rincón del pecho, el niño guardó un pedazo de ese silencio y siguió esperando, sin saber que el tiempo, a veces, se rompe para siempre con un temblor.
Debajo de todo eso que se vino al suelo, ella no era un nombre en una lista. Era Daniela, la del brazo fuerte, la que ya le había ganado una pelea al cáncer y le había escupido en la cara a la muerte una vez. Entre el concreto y el polvo, donde no entraba ni un rayo de sol, ella respiró con la rabia de los que se niegan a irse. La oscuridad no la asustó; era más de lo mismo. Y mientras la tierra de Pereira aún vibraba, ella, desde el fondo de ese pozo de escombros, le hizo un guiño a la vida, como quien le dice a un amigo: «Todavía no, todavía no».
Su padre, Julio César, anduvo las calles con la foto de ella apretada contra el pecho, como un escudo. Preguntó hasta que la garganta se le hizo un nudo de polvo y lágrimas. Y cuando los rescatistas, con sus manos de héroes sin capa, la escucharon y la sacaron, el mundo entero se detuvo a aplaudir. Fue un grito que se partió en mil pedazos de esperanza. Verla en esa camilla, viva, con el brazo derecho atrapado pero el corazón todavía sonando, fue como ver un milagro a medio hacer. Por un rato, Colombia entera creyó que la vida siempre iba a ganar.
El símbolo
Pero el cuerpo, a veces, es un traidor que guarda silencio hasta el final. Las horas bajo el peso del mundo le habían cobrado una factura muy alta, y la factura se llamaba daño profundo, daño que no se ve a simple vista. El paro, la reanimación, el brazo que ya no estaba… su cuerpo era un campo de batalla, y ella, que había sido una guerrera, ya había gastado todas sus balas. A pesar de los partes médicos que hablaban de mejoría, de las noticias que llegaban como bálsamo, en el fondo todos sabían que su esqueleto de mujer fuerte se estaba agrietando.
Y cinco días después, cuando la tierra ya se había calmado, Daniela se fue en puntillas. El 15 de agosto, su corazón, que había resistido toneladas de escombros, dijo basta. El mismo niño que esperaba un abrazo para sus doce años, se encontró con un abrazo de memoria. Ella fue el símbolo de que, aunque todo se derrumbe, hay que aferrarse; pero también fue la cruda verdad de que salir de la sombra no siempre es llegar a la luz. Y ahí quedó, entre el aplauso y el adiós, su historia, como un recordatorio de que la pelea más dura no siempre es la que se ve.






