
El caldero hirviente: cuando los mosquitos se vuelven verdugos de un pueblo abandonado
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El actor cubano Luis Alberto García lo dijo en Facebook con la crudeza de quien ya no tiene nada que perder: «Soy ateo a tiempo completo pero quiera DIOS que no reviente entre nosotros, en este hirviente caldero aderezado con batallones de mosquitos, aguas negras y kilométricos basureros en el que estamos malviviendo».
Y es que el verano de 2026 ya se anuncia como una sentencia de muerte para una isla que arrastra las cicatrices de la epidemia del año pasado. Porque en 2025, mientras el gobierno cubano intentaba ocultar la magnitud de la catástrofe, el dengue, el chikungunya y el zika se ensañaron con una población desprotegida, dejando miles de muertos que nunca aparecieron en las estadísticas oficiales.
El silencio inicial de las autoridades fue tan revelador como atroz. Durante semanas, mientras los cuerpos se acumulaban en las funerarias y los pasillos de los hospitales se llenaban de pacientes recostados en el piso por falta de camas, el régimen se dedicó a negar la evidencia.
Solo cuando la epidemia se hizo incontrolable, reconocieron la circulación del chikungunya en catorce provincias y del dengue en doce. Pero para entonces ya era tarde: decenas de miles de cubanos habían pasado por la enfermedad, y los que no, esperaban su turno en una isla convertida en un caldo de cultivo perfecto para los mosquitos.
En 2026 la situación es peor
Hoy, el panorama es aún más desolador. El sistema sanitario cubano, otrora orgullo de la revolución, está en cuidados intensivos. Las listas de espera quirúrgica superan las 100.000 personas, y más de 11.000 niños esperan una operación que quizá nunca llegue. La supervivencia de los menores con cáncer ha caído del 85 al 65 por ciento desde que comenzaron las restricciones de combustible en enero.
El programa de vacunación infantil, con 16 vacunas, está «en riesgo», y 300 de los 395 medicamentos esenciales que se producen en la isla no están disponibles por falta de materias primas.
Pero la epidemia no es un fenómeno natural: es el resultado de una gestión criminal. Los basureros kilométricos, las aguas estancadas y la falta de fumigación son la consecuencia directa de un gobierno que no tiene recursos porque los ha dilapidado, y que no tiene personal porque los ha ahuyentado.
Los cortes eléctricos de más de 20 horas diarias convierten cualquier hogar en un criadero de mosquitos, mientras los funcionarios duermen en casas refrigeradas, protegidos por generadores y repelentes que el pueblo no puede comprar. La Organización Mundial de la Salud ha advertido que la crisis energética está retrasando 100.000 procedimientos quirúrgicos y aumentando el riesgo de enfermedades transmitidas por vectores.
La isla entera en riesgo
Mientras el director de la empresa eléctrica explica que los paneles solares no sirven porque su energía es «inestable», y los noticieros ya no hablan de los parques que iban a salvar al país, los cubanos siguen muriendo de hambre, de sed y de enfermedades que en cualquier otro lugar del mundo serían controlables.
El ministro de Salud, José Ángel Portal Miranda, ha advertido que el sistema está al borde del colapso . Pero las advertencias no sirven de nada cuando quienes deben actuar son los mismos que han convertido la isla en un hirviente caldero de miseria y desesperación.
Desde Maisí hasta San Antonio, el pueblo espera que alguien, alguna vez, detenga esta fiesta macabra que los gobernantes han organizado a costa de la vida de los cubanos.






