
La factura de la oscuridad
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El vehículo de la Empresa Eléctrica llegó a Carretera del Cuervo, en el municipio habanero de San Miguel del Padrón, después de más de un día de oscuridad total. Los vecinos, exhaustos de esperar, vieron cómo el trabajador revisaba los cables con parsimonia, con esa lentitud que solo tienen los que saben que tienen el poder en las manos. Pero la reconexión no llegaba. Porque la reconexión, en esta Cuba que se desmorona, no es un servicio. Es un negocio.
Y el empleado, fiel a las reglas no escritas del nuevo orden, exigió su parte. No hubo más remedio que rodear el vehículo, que las mujeres del barrio impidieran la huida, que la presión popular lograra lo que la empresa eléctrica debería garantizar sin condiciones: el regreso de la luz.
Pero el caso de San Miguel del Padrón no es un hecho aislado. Es la punta del iceberg de un sistema podrido hasta los cimientos, donde la electricidad se ha convertido en una mercancía al alcance de unos pocos. Testimonios de todo el país coinciden en un patrón oscuro: los funcionarios del sector eléctrico han institucionalizado el cobro por servicios que deberían ser gratuitos.
Desde la reconexión del servicio –que puede costar hasta doscientos dólares, una cifra astronómica para un salario promedio de mil pesos cubanos– hasta la venta de transformadores en la calle por sumas que rondan los doscientos cincuenta mil pesos. Y el gobierno, ese que dice velar por el pueblo, mira hacia otro lado. Porque la corrupción no es una desviación del sistema: es el sistema mismo.
La corrupción al galope
¿Qué ocurre cuando se quema un transformador en un barrio popular? La respuesta oficial es siempre la misma: no hay piezas, no hay presupuesto, hay que esperar. Pero la espera puede durar semanas, meses. Sin embargo, si el vecino tiene los recursos suficientes para comprar el transformador en el mercado negro, si puede pagar el «plus» por la instalación, entonces el milagro ocurre. El transformador aparece como por arte de magia, y la luz vuelve a la cuadra.

Esa es la lógica perversa: pagas o te pudres en la oscuridad. Y quienes pagan no son los que más lo necesitan, sino los que han logrado amasar alguna fortuna en medio de la ruina general, los dueños de mipymes, los que reciben remesas del exterior, los que tienen acceso a divisas.
Los cables para los bajantes, que la empresa eléctrica tiene la obligación de colocar, también se han convertido en un producto de compra-venta. Vecinos de varios municipios denuncian que los trabajadores se niegan a instalar el cableado que ellos mismos tienen en sus almacenes, y ofrecen «facilidades» a cambio de un pago extra. Si no hay dinero, no hay conexión.
Y el Estado, que debería regular y castigar estas prácticas, se limita a mirar, porque sabe que muchos de esos funcionarios corruptos son los mismos que engrosan las filas del Partido, que necesitan mantener contentas a las bases del poder. La corrupción no es un accidente; es un mecanismo de control.
¿Y los circuitos protegidos?
Mientras tanto, existen los llamados «circuitos protegidos», aquellos que nunca sufren apagones prolongados. En teoría, son zonas donde hay hospitales, fuentes de abasto de agua o instalaciones vitales. En la práctica, son los barrios donde viven los altos dirigentes del municipio, de la provincia y del país.
Las residencias de los jerarcas, rodeadas de lujos que contrastan con la miseria general, nunca se quedan a oscuras. Ellos no negocian con los transformadores ni mendigan por un cable. Ellos tienen asegurada la luz, el agua y la comida, mientras el cubano de a pie se desespera en la penumbra, contando los días sin electricidad y los pesos que no tiene para comprar un servicio que ya pagó con sus impuestos.
El castrismo, sin embargo, prefiere no ver. Porque si investigara la corrupción en la UNE, tendría que investigar a sus propios hijos, a sus propios generales, a sus propios ministros. La podredumbre empieza arriba, en las altas esferas donde se reparten los contratos, donde se deciden las importaciones de combustible, donde se firman los acuerdos con empresas fantasma.
La venta de transformadores, el cobro de reconexiones, la mercantilización de los bajantes no son más que el reflejo de una dictadura que ha convertido la necesidad en negocio y el sufrimiento en moneda de cambio. Mientras tanto, el pueblo espera, agoniza y se pregunta: ¿quién vigila a los vigilantes? En Cuba, la respuesta es cruel y sencilla: nadie. Porque los vigilantes son los mismos que roban. Y la oscuridad, como el poder, solo beneficia a quienes la administran.






