
Adoctrinamiento 2.0: el castrismo se rinde ante las redes mientras Cuba se hunde
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- ¿Producir riquezas? ¿Crear empleos? ¿Reactivar una economía en cuidados intensivos? Nada de eso. Mientras los cubanos hacen colas de cinco horas para comprar un pollo que ya no llega, el régimen de Díaz-Canel concentra sus mejores energías en un evento muy distinto: el V Coloquio Internacional «Patria».
Tres días de conferencias virtuales para enseñar a sus militantes cómo dar la «batalla cultural» en internet. Porque, claro, no se trata de resolver apagones. Se trata de que el mundo siga creyendo que aquí hay un gobierno honesto y digno.
El programa es una joya del cinismo. Desde este 16 hasta el 18 de abril, en la sala de videoconferencias de Línea y 18, periodistas, comunicadores y «activistas en redes» (léase: las temidas y detestables ciberclarias) recibirán lecciones magistrales.
¿Los temas? «La comunicación digital como campo de batalla», «cómo funcionan las redes sociales», «analítica básica para militantes». O sea, un cursillo acelerado para manipular mejor. Para mentir con métricas. Para detectar «ataques coordinados» —léase: críticas legítimas— y responder con el manual de la desinformación.
La Habana acoge a la internacional del engaño
Fíjese bien en los nombres. Los adoctrinadores vienen de fuera: Carlos González Penalva (Izquierda Unida, España), Alina Duarte (MORENA, México), Néstor Prieto Amador (Spanish Revolution, España).
La internacional del engaño se da cita en La Habana para enseñarle a la militancia castrista cómo «intervenir políticamente» en internet. Porque, según ellos, las redes no son herramientas neutrales. Son territorio de guerra. Y ellos, pobres héroes de la resistencia digital, están en inferioridad de condiciones frente al imperio algorítmico. Qué ternura.
Pero no se engañe. Detrás de esa jerga posmoderna —»tecnopolítica», «engagement», «narrativa visual con sentido ideológico»— se esconde la misma vieja estrategia del castrismo: controlar el relato a cualquier costo. Porque si la gente se entera de que los hospitales no tienen gasas, de que los niños pasan hambre, de que los jóvenes se van en balsas y en bicicletas, entonces el cuento de la «dignidad» y la «resistencia» se cae como castillo de naipes.
Así que mejor invertir tiempo y recursos en fabricar imágenes que emocionen, en carteles bonitos, en consignas que suenen a revolución. Producir pan, eso ya lo hará el mercado negro.
Sobrevivir a toda costa
Y mientras tanto, ¿qué hace el gobierno cubano con los problemas reales? Nada. Porque no sabe o no quiere. Lo único que le interesa es sobrevivir un día más en el poder, aunque el país se desmorone.
Por eso necesita ciberclarias dispuestas a defender lo indefendible en X, Facebook e Instagram. Por eso enseña a sus militantes a medir «alcance, impresiones e interacción» en lugar de medir toneladas de alimentos producidas. Por eso el 18 de abril cerrarán el taller con abrazos y selfis, mientras afuera, en el Cuba real, la gente se pregunta si podrá comer mañana.
¿Que el castrismo está en sus estertores? Puede. Pero mientras agoniza, sigue teniendo tiempo para organizar coloquios internacionales, traer asesores extranjeros y entrenar a sus tropas digitales. Lo que no tiene tiempo es para sacar a este país de la miseria. Porque la miseria, para ellos, no es un problema económico. Es un insumo político.
Mientras más hambre, más control. Mientras más oscuridad, más dependencia. Mientras más mentiras en redes, menos preguntas incómodas en las calles. Así funciona el castrismo en 2026: atrincherado en un salón de videoconferencias, escribiendo el guion de su propia ficción, mientras Cuba real se apaga. Literalmente.






