𝗦𝗲𝗺𝗯𝗹𝗮𝗻𝘇𝗮 𝘀𝗶𝗻 𝗱𝗲𝘀𝘁𝗲𝗺𝗽𝗹𝗮𝗻𝘇𝗮 (𝗰𝗼𝗻 𝗳𝗶𝗲𝗯𝗿𝗲 𝗱𝗲 𝗰𝘂𝗮𝗿𝗲𝗻𝘁𝗮)

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Por Ulises Toirac ()

La Habana.- Caminar en Julio por la Habana a mediodía es una experiencia extrema. Pero no hay de otra. Y si llevas unas cuarenta libras de carga sobre el carapacho subiendo una loma como la que hay entre 23 y el hospital Fajardo, puede significar pasarte luego una hora boqueando como pescao en dienteperro.

Vamo parriba, que es hora de loma, traste inmundo. Prueba tu cardio, tus glándulas sudoríparas y tu sistema respiratorio. ¡Métele!

Ir de Playa hasta el corazón del Vedado, que en otra época no era la gran cosa, hoy en día es toda una aventura digna de libro de Julio Verne. Primero debo subir por cuarenta y dos hasta cuarenta y uno, y luego cubrir el tramo desde allí hasta D cruzando el vetusto y bacheroso Puente sobre el Almendares. Esta maniobra la hago de mil maneras, tratando de ahorrar porque me voy a meter una buena cantidad de días llevando y trayendo cosas al y del Hospital… así que debo emplear toda mi creatividad resistiva (que no es lo mismo que resistencia creativa).

Esta loma me está sacando el bofe y tengo los tenis que parecen dos cabezas de fósforos.

Los riquimbilis han salvado en algo el transporte de la ciudad. Aunque ello le otorgue una vista parecida a las ciudades vietnamitas de otra época. Sin embargo y a pesar de que sus precios son los mas «bajos» de las alternativas, aun así hay gente que tiene que apretarse las sandalias (que tampoco las venden baratas) y meterse largos tramos a pierruli, con la mano en la billetera acariciándola con un sentimiento entre la ternura y la rabia.

Deja coger por la acera de la derecha, que tiene más árboles… Porque el caboevela ya dejó las piernas por las rodillas y si sigo derritiendo lo que va a llegar a la esquina del Neurológico allá arriba, va a ser la cabeza namá.

A mi carita (que aún mucha gente reconoce) debo ahorros inesperados. Ahora mismo el riquimbilero que me ha dejado en la esquina del parque de 23 entre C y D me ha respondido cuando le pregunté por lo que le debía:

—Tu me has hecho reír muchas veces en mi vida pa venir a cobrarte ahora.

A mi claro que me alegra y me da orgullo, pero es su trabajo —y no es un trabajo jamón meterse atrás de ese timón con estos valores, esas calles irredentas de baches y ese asiento que tienen, sumando la agonía de poder cargar la batería en un alumbrón:

—Pero to eso me lo pagaron y yo también me divertí, deja pagarte…

—Esto es un regalo —dijo con una sonrisa y agregó:— es un placer y un orgullo.

Y enganchó la marcha de su riquimbili para incorporarse a la vía.

Mierda, ¡la punta de la loma, coño! Derretío y con 2% de carga corporal. Planto la jaba en la acera bajo un árbol pa coger resuello. Ya lo que queda es una bajadita hasta la entrada por Emergencias.

El indio, más intransigente que Maceo en Baraguá, arranca cinco pasos más adelante.

¡Dale, que tu puedes!

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