El heredero de sangre frágil

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Por Rafa Junco ()

MAdrid.- El niño de la fotografía lo tenía todo: un imperio, un trono y un padre zar. Pero también tenía una maldición que nadie debía saber. Alexei, el heredero de los Romanov, padecía hemofilia, un trastorno que convertía un simple golpe en una sentencia de muerte. Y ese secreto, guardado bajo llave en los pasillos del palacio, terminaría pesando más que cualquier corona.

El zar Nicolás II y su esposa Alexandra habían tenido cuatro hijas antes de que naciera Alexei. Él era el único varón, la esperanza de la dinastía. Pero la esperanza venía con una hemorragia interna. La hemofilia, heredada de la reina Victoria, se había colado en la familia real como un ladrón silencioso. Y los Romanov, que controlaban el destino de millones, no podían controlar la sangre de su heredero.

El diagnóstico se convirtió en un secreto de estado. Solo unos pocos lo sabían. Pero los secretos, cuando se guardan demasiado tiempo, se pudren. Y el de Alexei trajo consigo a un personaje que cambiaría la historia de Rusia: Grigori Rasputin. El monje siberiano se convirtió en el confidente de la zarina porque, según ella, sus oraciones detenían las crisis de su hijo. Y mientras la guerra y el hambre asolaban el país, la corte se preguntaba por qué un campesino barbudo tenía tanto poder sobre la familia imperial.

Alexei y la fragilidad del imperio

En 1912, durante una estancia en Spała, Alexei sufrió una hemorragia tan grave que recibió los últimos sacramentos. La familia pensó que se moría. Pero Rasputin, a cientos de kilómetros de distancia, envió un mensaje: «El niño vivirá». Y el niño vivió. Para Alexandra, aquello fue un milagro. Para el pueblo, fue otra prueba de que Rasputin controlaba a los Romanov. La enfermedad del heredero, que tanto se había ocultado, había abierto la puerta a la leyenda negra.

La revolución barrió a los Romanov. Alexei murió junto a su familia en el sótano de la casa Ipatiev. No fue la hemofilia, sino las balas de los bolcheviques. Pero la genética, que todo lo puede, resolvió el misterio décadas después: en 2009, los restos de Alexei confirmaron que sufría una forma grave de hemofilia B. El niño que debía ser zar había sido frágil desde el principio. Y su fragilidad, oculta al mundo, fue una de las piezas que ayudaron a derribar un imperio.

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