
¿Cómo Guillermo de Orange vendió la guerra como independencia?
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La Guerra de Flandes, ese conflicto que enfrentó a España con las Provincias Unidas durante décadas, no fue el cuento de buenos contra malos que nos han vendido. Guillermo de Orange, el gran líder de la rebelión, se pasó la vida jurando lealtad a Felipe II mientras sus Estados Generales ya planeaban la independencia.
En público era el vasallo agraviado que solo pedía justicia; en privado, ya había firmado el Acta de Abjuración en 1581, destituyendo al rey español y ofreciendo la corona al duque de Anjou. El tío era un maestro del doble discurso, un político que sabía que la mentira bien contada puede ser más poderosa que la verdad.
El problema era que, en aquella Europa del siglo XVI, levantarse contra tu señor natural era considerado un acto contra natura. Por eso, Guillermo no podía vender su rebelión como un movimiento independentista. Tenía que disfrazarla de lucha contra los abusos de los gobernadores españoles, una pelea para restaurar el orden y la justicia, no para romper con la corona. Porque si los rebeldes flamencos se proclamaban independientes, ¿qué impediría a los súbditos de Francia, Inglaterra o los príncipes alemanes hacer lo mismo? Mejor callarse y apoyar la causa orangista sin mojarse demasiado.
La «Apología»… el panfleto aquel
La joya de la corona de esta estrategia fue la «Apología» de Guillermo, un panfleto propagandístico escrito por un hugonote francés que salió huyendo de la matanza de San Bartolomé. El texto era una bomba de relojería contra España: acusaba a Felipe II de incesto, bigamia y envenenamiento, convertía al duque de Alba en un ogro devorador de niños y pintaba a los Tercios como violadores de doncellas. En resumen, nos regalaba el pack completo de la Leyenda Negra: españoles taimados, traicioneros, bárbaros y avariciosos. Todo ello mientras Guillermo seguía llamando a Felipe II «mi señor» con cara de póker.
La «Apología» fue un éxito de ventas en toda Europa. No solo consolidó la imagen de España como el Demonio del Mediodía, sino que sentó las bases de una leyenda que aún perdura. Joseph Pérez y Philip Wayne Powell han señalado cómo este texto reunía los tres argumentos clásicos contra España: los ataques personales a Felipe II, el fanatismo religioso y la matanza de indios en América. El miedo, la envidia y la disputa por la hegemonía mundial se combinaron para crear una caricatura monstruosa de los españoles que se extendió como un reguero de pólvora.
Al final, Guillermo de Orange fue un genio de la propaganda moderna, un hombre que entendió que la guerra no se gana solo con ejércitos, sino con la batalla de las ideas. Supo que para legitimar su rebelión necesitaba demonizar al enemigo y crear una narrativa que justificara sus actos. Y lo consiguió. La imagen de España como un imperio cruel y oscuro se consolidó en el imaginario europeo, y aún hoy, siglos después, seguimos pagando las consecuencias de aquel panfleto que convirtió a los españoles en los malos de la película.






