El sol de Joseph

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- El 23 de octubre de 1877, John H. Fouch ajustó el fuelle de su cámara frente a Hinmatóowyalahtq̓it, a quien el mundo conocería después como Chief Joseph, y en ese instante, sin saberlo del todo, estaba retratando no a un guerrero victorioso ni a un jefe en su esplendor, sino a un hombre que acababa de entregar su rifle y su libertad dieciocho días antes, en Bear Paw, cuando la huida hacia Canadá se volvió un sueño roto y el ejército estadounidense convirtió su nombre en el de un prisionero más.

Detrás de aquella imagen se escondían 126 días de desplazamiento y más de 1.170 millas recorridas por varios grupos nimíipuu, los llamados Nez Perce, que nunca aceptaron las consecuencias del tratado de 1863, ese papel que les arrebató el noventa por ciento de su territorio y que la banda de Wallowa, la de Joseph, se negó a firmar porque sus ancianos no habían puesto el pulgar sobre la línea, aunque para el gobierno eso no importaba cuando en 1877 ordenó que también aquellos que rechazaban el acuerdo abandonaran sus tierras y se mudaran a la nueva reserva, como si el despojo pudiera justificarse con una simple orden militar.

La guerra estalló antes de que el traslado pudiera completarse, y durante meses, familias enteras atravesaron Idaho, Montana y la región de Yellowstone mientras las tropas estadounidenses las acosaban sin tregua, y aunque después la historia convirtió a Joseph en el gran estratega de aquella retirada, lo cierto es que su papel fue otro: el de dirigente, el de portavoz, el que hablaba cuando había que hablar y negociaba cuando ya no quedaban balas, porque el mando militar no recayó en un solo hombre sino en varias voces, y una de ellas, la de White Bird, desconfiaba tanto de las promesas del ejército que prefirió arriesgarse a cruzar la frontera con un puñado de seguidores antes que rendirse.

Nunca pudo volver

Para finales de septiembre, los nimíipuu acamparon cerca de las montañas Bear Paw, con Canadá y la posibilidad de refugiarse junto a Sitting Bull a apenas sesenta kilómetros, pero el ejército los alcanzó allí, y después de cinco días de combate y asedio, con muertos, heridos y personas quebradas por el frío, Joseph decidió que ya no podía seguir, y fue entonces cuando el oficial Charles Erskine Scott Wood anotó aquel breve discurso que terminaría grabado en la memoria colectiva: «Desde donde está ahora el sol, no lucharé más, para siempre», una frase que suena a rendición pero que en realidad era una pausa, el punto final de una guerra y el comienzo de otra mucho más larga y silenciosa.

Porque la rendición no significó regresar a casa, sino todo lo contrario: los 432 nimíipuu que quedaron bajo custodia fueron enviados primero a Fort Leavenworth, en Kansas, y después al Territorio Indio, en la actual Oklahoma, donde el clima, las enfermedades y las condiciones del exilio diezmaron a la comunidad, y los testimonios de los sobrevivientes recordaron siempre que en uno de aquellos periodos murieron ancianos, niños y todos los bebés que nacieron, mientras Joseph pasaba ocho años enteros intentando conseguir el regreso de su pueblo, hasta que en 1885 se autorizó que los supervivientes volvieran al noroeste, aunque a él y a los suyos los destinaron a la Reserva Colville, en Washington, mucho más lejos de Wallowa.

Joseph pudo visitar su tierra natal en 1900, nunca obtuvo permiso para quedarse, y murió en Nespelem el 21 de septiembre de 1904, veintisiete años después de aquel retrato de Fouch, en el que acababa de entregar su arma creyendo que la guerra había terminado, sin saber que su lucha más larga comenzaría justo después de la rendición, cuando el sol ya no marcaba el camino hacia la libertad sino hacia la espera interminable de un regreso que nunca llegó.

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