El fuego como respuesta: la cruzada silenciosa del pueblo cubano

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Por Elier Vicet ()

Santiago de Cuba.- La noche del jueves a viernes, el municipio de Palma Soriano, en Santiago de Cuba, fue testigo de un acto que el régimen prefiere enterrar en el silencio: un punto de control de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) fue reducido a cenizas. Los detalles oficiales, como es costumbre, no han trascendido, pero el mensaje que dejaron las llamas es inconfundible. Este incendio no fue un accidente; fue la expresión más cruda de una ira que ya no cabe en los cacerolazos ni en los apagones de 20 horas.

El ataque contra la sede policial en Palma Soriano no es un hecho aislado, sino una pieza más de un patrón que se repite con escalofriante regularidad en toda la isla. En los últimos meses, mientras el gobierno se lava las manos y culpa al bloqueo, los cubanos han encontrado en el fuego un lenguaje desesperado. A mediados de marzo, una sede del Partido Comunista en el centro de Cuba fue asaltada e incendiada por manifestantes indignados por los apagones y la falta de alimentos. En La Habana, se han reportado incendios dirigidos a negocios privados en medio de protestas que ya son pan de cada día.

Pero no solo las instituciones del Estado arden. Los emblemáticos ranchones y restaurantes, que antes eran símbolo de la vida y la alegría cubana, se han convertido en blancos recurrentes de la furia popular. El icónico Mirador de Guisa, en Granma, fue devastado por un incendio en marzo. En Cienfuegos, el ranchón “Te Quedarás” han sido pasto de las llamas en repetidas ocasiones. El restaurante Pío Cuá, en Jagüey Grande, ha sufrido al menos tres incendios en los últimos tiempos, mientras que una pizzería en el corazón de Santiago de Cuba quedó reducida a escombros junto a varias viviendas. Las excusas oficiales —cortocircuitos, fallas eléctricas— ya no engañan a nadie.

El fuego como respuesta: la cruzada silenciosa del pueblo cubano

El lenguaje de las llamas

La contradicción es brutal y reveladora. Mientras las instalaciones del poder y los negocios de los privilegiados arden en la oscuridad, los apagones se vuelven más largos, la comida más escasa y la desesperación más profunda. El gobierno, encerrado en su discurso hueco, ha tenido que admitir el malestar social, pero se niega a ver que no son actos vandálicos aislados, sino una cruzada silenciosa que crece en cada rincón de la isla. Es la respuesta de un pueblo que ha sido empujado al límite y que, al no tener voz en las urnas, habla con la única herramienta que le queda: el fuego.

Arder una comisaría, un ranchón o una sede del Partido no es un capricho ni un arrebato de violencia. Es el síntoma más evidente de que el tejido social cubano se está desgarrando. Es la señal de que la gente ha perdido el miedo y ha encontrado en la desesperación un nuevo lenguaje. Cuando los medios oficiales guardan silencio y las detenciones se multiplican, el pueblo sigue hablando. Y su mensaje, escrito con llamas en medio de la noche, es más elocuente que cualquier discurso de Díaz-Canel.

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