
La espalda que no puede con el peso de Cuba
Por Tania Tasé ()
Berlín.- Este niño tiene 13 años y vive en La Habana. Sobrevive. Su delgada espalda se quiebra empujando una carreta improvisada que soporta muchas veces su propio peso.
Bajo el sol calcinante del mediodía de agosto en Cuba, se traba la carretilla en un bache del terreno, y su cuerpo endeble, mal alimentado, no puede con tanto peso.
Una mujer delgadísima, convaleciente de uno de los tantos virus que sufre la población, deja de filmarlo, corre hacia él y lo ayuda.
Con ese esfuerzo se parte ella la espalda también. Ahora yace en cama con un dolor que me describe como cólico nefrítico. Y llora. De puro dolor. Y por impotencia.
Pero el niño llega a su casa con la preciosa carga.
¿Qué dolores cargará él? ¿Cuántos tendrá acumulados en su corta vida? ¿Cuántos más tendrá que soportar aún?
Tiene la edad de mi nieto mayor. Y ambos están de vacaciones.
Mi José juega al fútbol, anda medio enamorado y acaba de regresar a Alemania con sus padres después de haber viajado y gozado media España (final del mundial de fútbol incluida). Llegó a mis brazos feliz, bronceadito por otro sol, el de playa, aún con olor a sal y miles de anécdotas. Esa fue su carga: una experiencia feliz e inolvidable.
Y yo me siento aplastada por el brutal contraste. Son dos chicos cubanos de la misma edad: ¡13 años! Con vidas muy diferentes.
Y también me doblo por otro peso: el de la culpa.
¿Qué pasará mañana cuando otro dolor caiga sobre las espaldas de este niño cubano? Cuando ya no quiera cargar más agua y se rebele, ¿cuántas tonfas y patadas caerán sobre su débil cuerpo?
¿Cuántos años pasará en una cárcel por decir: «ya no quiero que me rompan más la vida»?






