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Por Carlos Alberto Sosa ()

Miami.- Hoy Colón no llegó a mí por un mapa ni por un recuerdo. Llegó como llegan las heridas: sin pedir permiso. Una amiga caminó con su teléfono por las calles que un día fueron las mías y yo sentí que cada paso era una puñalada a la memoria.

La basura parecía haber derrotado al asfalto. Entre ella, dos ancianos escarbaban con la lentitud de quienes ya no esperan milagros. No buscaban comida solamente; buscaban un poco de dignidad entre los restos de un país que un día les prometió un futuro y terminó condenándolos a sobrevivir entre desperdicios. El sudor les corría por el rostro, pero lo que realmente pesaba sobre sus espaldas eran los años de abandono.

Entonces apareció mi calle. Las mismas casas. Las mismas aceras. Los mismos rostros, solo que más cansados. Algunos vecinos me saludaron desde la pantalla y, uno tras otro, repitieron una frase que todavía me retumba por dentro: «Qué bueno que te fuiste».

Y yo me pregunté, casi en silencio: ¿de verdad me fui?

Porque uno no abandona la tierra donde aprendió a querer. Uno puede cruzar mares, cambiar de idioma, empezar de nuevo… pero hay patrias que se quedan viviendo debajo de la piel. Yo sigo allá. En cada apagón. En cada mesa vacía. En cada madre que espera. En cada anciano que rebusca entre la basura lo que nunca debió faltarle.

Dicen que me fui. No. Mi cuerpo cruzó fronteras; mi corazón sigue caminando por esas calles, recogiendo pedazos de una Cuba que se desmorona sin dejar de ser amada.

Y quizás esa sea la tragedia más grande de varias generaciones: aprendimos que a veces el mayor acto de amor por la patria fue marcharnos… mientras una parte de nosotros aceptaba quedarse allí para siempre, entre sus ruinas, esperando el día en que vuelva a florecer.

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