
El emperador que se comió el imperio
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Vitelio era un aristócrata romano que, en el año 69 d.C., logró sentarse en el trono más poderoso del mundo antiguo gracias al apoyo de las temibles legiones de Germania. Pero si alguien esperaba un guerrero o un estadista, se llevó una decepción: lo que llegó a Roma fue un glotón con corona, un hombre que parecía más interesado en el menú que en el mapa del imperio.
Mientras las fronteras se desmoronaban y las rebeliones brotaban como hiedra en Oriente, Vitelio organizaba banquetes dignos de una novela de excesos. Los historiadores cuentan que llegó a celebrar tres comidas al día en palacios distintos, y que en una sola cena se sirvieron dos mil peces y siete mil aves. No era un emperador: era un catálogo gastronómico con escolta.
Su reinado fue una comedia trágica, una obra donde el protagonista confundía el cetro con un tenedor y el trono con una mesa. La inacción política se convirtió en su única política. Mientras Roma se tambaleaba, él se tambaleaba entre una fuente de pavo real y una bandeja de lenguas de flamenco. El imperio no necesitaba un gourmet; necesitaba un gobernante. Y Vitelio no era ninguna de las dos cosas.
El que más come no es el que más dura
Cuando las tropas de Vespasiano llegaron desde Oriente para reclamar el poder, el emperador entendió que el festín había terminado. Intentó esconderse, disfrazado con ropas sucias, en la cabaña del guardián del palacio. Pero la Historia no perdona a los que confunden el poder con el placer, y la turba lo encontró. Lo arrastraron por el Foro, lo torturaron y su cuerpo fue arrojado al Tíber sin más ceremonia que la del desprecio.
Vitelio duró ocho meses en el trono. Ocho meses de excesos que ni los dioses hubieran podido digerir. Y su muerte, brutal y humillante, fue el reflejo exacto de su vida: una glotonería que el imperio no pudo tragar. Porque en Roma, como en la mesa, no siempre el que más come, más dura. A veces, el que no sabe comer, no sabe reinar.






