
Irse
Por Ernesto Ramón Domenech Espinosa ()
Toronto.- El 28 de julio de 2010, a las 3:45 p. m., en un vuelo de la aerolínea canadiense WestJet que todavía cubre la ruta Varadero-Toronto, salí definitivamente de Cuba, de Cruces, del barrio donde había vivido cuarenta años. En 2008, en medio de la incertidumbre, el acoso policial y los bolsillos vacíos, recibí un correo electrónico escueto pero esperanzador. Era mi amigo Humberto (Pito), que desde Toronto me soltaba: «Viuda, ¿cómo va la cosa? Hace rato no sé de ti. Oye, ¿tú sigues viviendo solo? ¿Quieres venir a vivir a Canadá? Dime si estás disponible y nos ponemos de acuerdo».
Respondí a Humberto con una pregunta: ¿Qué tengo que hacer? En dos años y pico completé varios viajes a La Habana, un intensivo de inglés en Santa Clara, entrevistas, traducciones de documentos, el arreglo de un matrimonio, la obtención del pasaporte, la legalización de diplomas y certificados, el examen de inglés que la embajada del Reino Unido programaba (y cobraba), el chequeo médico y gestiones con otros amigos para asumir los costos.
El miércoles 10 de marzo de 2010 —¿cómo olvidar esa fecha?—, sobre la 1:00 p. m., en la Embajada de Canadá en Cuba, nos entregaban, a mi «exesposa» Yuseli y a mí, los pasaportes visados. Por la noche me fui a La Coubre y, en una Yutong, regresé al pueblo. La etapa canadiense del proyecto había terminado. En una semana obtuve los documentos que acreditaban el fin de mi vínculo laboral con la Industria Alimenticia Cruces. Era el turno de solicitar la «Carta Blanca», ese infame papelucho que certificaba nuestra condición de esclavos en Cuba. No me hice ilusiones.
Pasaron dos semanas, y la respuesta fue la esperada: no. Me comunicaron que estaban «analizando» mi caso y que necesitaban otras dos semanas. Regresé a las dos semanas; la misma respuesta: no. Pedí entrevistarme con el director de la entidad, «quería» saber (yo sabía, claro) cuál era el motivo de la negativa. La directora, acompañada de los segurosos de siempre —los de las detenciones, las amenazas, las pateaduras—, se sentían satisfechos; tenían por dónde golpear mejor. Y hablaron.
Con tono cínico me advirtieron que probablemente no obtendría el permiso, que había cometido muchos errores, que iba a pagar, que de ahora en adelante la «cosa» era con ellos. Fui bastante escueto y directo en mi única intervención: «Ustedes hagan su trabajo, yo sigo haciendo el mío; si finalmente no me voy de Cuba, habré perdido una oportunidad, pero ustedes van a necesitar algo más de tiempo, recursos y personal para vigilar al pueblo». Nos miramos desafiantes, con mutuo desprecio.
Entretanto, recibí la visita de funcionarios de vivienda; venían para fijar la fecha del inventario y el cierre de la casa. La noche antes de abandonar definitivamente movimos ficha. Hablé con algunos amigos, les pedí que se buscaran muebles, equipos electrodomésticos, colchones y hasta vajilla en mal estado, rotos. Se los iba a cambiar por los míos, que estaban en excelentes condiciones. Tres amigos y yo, sobre las 11:00 p. m., nos aparecimos en Juan Bruno Zayas #22, y como piratas en tierra firme, asumiendo el riesgo, desvalijamos el apartamento.
Fue una espera larga de cuatro meses, angustiosa; la visa para Canadá expiraba el 4 de agosto. No cambié mi posición, no pedí disculpas, no busqué a nadie para que intercediera en el asunto. El 22 de julio recibí una citación vía telefónica. Debía presentarme al día siguiente en la sede de la Policía Política en Cienfuegos, a las 10:00 a. m. Y allí estuve. Caras conocidas, sicarios de verde olivo.
El discurso fue breve y el tono, amenazante. Me estaban entregando la Carta Blanca; podía abandonar el país, pero ellos iban a estar monitoreando mi accionar en el extranjero. Hicieron énfasis en el tema político fuera de Cuba y en la familia, especialmente mi hija Liza, que quedaba atrás. Apenas dije algo. Me desearon «suerte» y nos despedimos con frialdad.
De regreso al pueblo, no hubo tiempo ni deseo para celebrar nada. Pasé un mensaje a Leonardo Santos, que, desde Saint John, Canadá, esperaba mi señal. Su correo llegó: «Ernesto, ya está. Vuelas el 28 de julio, a las 3:45 p. m., desde Varadero, con WestJet».
El último fin de semana en Cruces lo pasé preparando la maleta, revisando papeles y documentos que dejaría, regalando algunas pertenencias, cuadrando el viaje de Cruces a Varadero. Visité a familiares y amigos cercanos; ratos de conversaciones y despedidas. Pedrito, Ela y Mariela estaban pasando unos días en Varadero. Me sugirieron que saliera de Cruces el 27, y pasara con ellos el resto del día; el 28 me acompañarían al aeropuerto, y así evitaba algún percance de última hora.
El percance llegó de todas formas. La salida para Varadero la había planificado para las 11:00 a. m. Pasé un poco antes por casa del chofer del carro para confirmar. Pues el hombre estaba durmiendo; su esposa, que sabía del tema, lo llamó. En short y bostezando, salió del cuarto y me soltó: «Coño, brother, no puedo dar ese viaje. Estuve ayer todo el día haciendo negocios en La Habana, y llegué hace una hora, estoy molido. Mira, vete a ver a M., que él está llevando a su hijo a Varadero —que también se va del país—; ellos van en dos carros».
—No hay lío —fue lo que atiné a responder. Di media vuelta y me fui hasta la casa de M. En realidad, fui de mala gana; nunca le tuve confianza a alguien que se decía opositor y al mismo tiempo tenía un negocio muy próspero. Yo tenía razón: el «socio» efectivamente iba a Varadero con dos carros, pero… Las excusas sobraron. Para M., la misma respuesta que al otro chofer: ¡No hay lío!
¿Y qué hago ahora? ¿A quién puedo buscar a esta hora para resolver el problema? Me iba preguntando mientras cruzaba el parque sin saber qué hacer. Me senté en un banco frente a la estatua de Martí, cinco minutos. Y no sé cómo me vino a la mente un nombre: Salvador. Salté del banco y me fui directo a la panadería «El Momo». Y allí, en el almacén, estaba Salvador descargando y contando sacos de harina y azúcar. En cuanto me vio, me saludó, y aproveché el momento. Le conté mi situación, la urgencia del viaje a Varadero, el embarque que me habían dado.
Salvador no titubeó un segundo. Miró el reloj, me puso la mano en el hombro y me dijo: «Ernesto, son las 11 y media. Dame dos horas para dejar todo esto aquí en orden, me voy a la casa a darme un baño, almorzar, echo gasolina y a las 2:00 p. m. te recojo en casa de Tirso». A Salvador todavía le estoy agradecido por aquel gesto; nuestra amistad sigue intacta a pesar del tiempo y la distancia.
Y a las dos en punto Salvador paqueaba su Chevrolet 56 frente a la casa de Tirso. Hasta allí fueron los amigos de siempre, los que nunca me fallaron, los entrañables. Miguel tuvo la idea de hacer unas fotos que conservo y que aquí cuelgo. Llegamos a Varadero pasadas las cinco de la tarde. Me recibieron en el portal de una casa alquilada Ela y Pedrito. Salvador y su acompañante descansaron una hora, que aprovechamos para conversar, hacer el pago y tomar una cerveza. Apenas dormí aquella noche; estaba ansioso, pesimista.
Llegamos al mediodía al Aeropuerto Juan Gualberto Gómez de Varadero. En el bolsillo, $20, y allí mismo alguien me prestó otros $100 para cubrir los gastos. Abrazos en la despedida, pasé el check-in sin tropiezos y me fui al salón de espera. Todavía me parecía irreal, algo increíble: yo, a punto de tomar un avión y escapar del infierno. Respiraba profundo, miraba a la pista, sudaba. Me fui hasta un segundo piso del edificio, me senté en el bar y pedí una cerveza, una Bavaria.
Qué buen sabor, qué placer aquella sensación en la garganta del líquido amargo y espumoso. Y qué alegría saber que apenas me separaban de la libertad tres horas. Pensaba en los que dejaba atrás, en lo que haría al llegar, en las deudas que pagar. Pensaba, pensaba, y entonces un anuncio por el altoparlante del aeropuerto, primero en español y seguido en inglés: «El pasajero Ernesto Ramón Domenech Espinosa, favor presentarse en el departamento de Aduana. Repetimos…».
Un frío corrientazo bajó por la espalda; tragué con dificultad el sorbo de Bavaria. «Yo sabía que estos hijos de puta me iban a negar la salida; han esperado hasta el último momento para hacer más efectivo el golpe», fue mi primera y única idea. Dejé el vaso por la mitad, agarré el pequeño bolso de mano y bajé hasta la Aduana. Allí me esperaban varios uniformados; revisaron el pasaporte y se entabló una especie de careo.
—Ernesto, usted ha incumplido las normas de nuestra institución. Usted ha tratado de sacar del país productos sin presentar recibos ni declarar —dijo el que parecía el jefe del grupo.
—Pero, ¿qué productos son esos que no he declarado? Yo solo llevo mis cosas personales y algunos regalos de amigos que no he abierto —repuse, extrañado.
—Hemos revisado su equipaje por las cámaras; usted lleva varias cajas de tabaco que no ha declarado. Y eso es una falta grave —insistió el jefe.
—¿Cajas de tabaco? Yo no llevo ninguna caja de tabaco en mi equipaje —seguía sorprendido. Pensé que quizás los segurosos habían abierto el «gusano» y puesto esas cajas.
—Usted está mintiendo, deje de actuar. Vamos a abrir ahora mismo su equipaje —intervino la mujer de traje gris.
—Pues abran el equipaje, ahora mismo —los invité, ya algo encabronado.
Subieron un bulto negro de lona, precintado, a una mesa amplia. Cortaron las vueltas del tape y abrieron el zipper. Entonces sacaron las «cajas de tabaco». Eran mis libros: un bulto heterogéneo donde se mezclaban las duras carátulas de manuales de Calderas de Vapor, Refrigeración y Electricidad con textos de Cálculo I y II, los dos tomos del Halliday de Física, una Biblia y todos los ejemplares que conservaba de Kafka, Borges y Dostoievski.
La tropa del decomiso revisaba y revisaba, y hojeaba en silencio. No me miraban ni decían nada. Diez minutos duró la inspección. Pese al fallo evidente, no reconocieron su error; hicieron un amago de disculpa y me permitieron regresar al salón de espera. Iba sudando y con dolor de cabeza. Fui al baño, salí y me senté en una esquina del local. A las 3:00 p. m., llamaron para abordar el vuelo.
A las 3:30 p. m., a pocos minutos de despegar y con todos los pasajeros ya dentro del Boeing 737, una aeromoza tomó el speaker e hizo un anuncio, esta vez en inglés y francés. Era una hermosa voz, pero me sonó diabólica: «El pasajero Ernesto Ramón Domenech Espinosa, por favor venga hasta la cabina del avión». Yo no sé cómo resistió el corazón; el pulso se disparó, no podía creer lo que estaba escuchando, era una jodida pesadilla. Así que ese era el castigo: me iban a bajar del aparato y mandar de vuelta a Cruces. ¡Cojones!
Me pareció un siglo ese tramo desde mi asiento a la cabina. «Qué hijos de puta son», me seguía diciendo. Una rubia de casi dos metros me saludó y explicó, en inglés despacio: «Sr. Ernesto, su equipaje fue el último en llegar. Hemos notado que está abierto, roto el zipper y las cintas cortadas. Nuestra compañía no se hace cargo del daño causado. ¿Usted quiere hacer alguna reclamación?»
—¿Reclamar yo? No, señorita, no se preocupe; ya sé que hubo problemas con mi equipaje en la Aduana. Ustedes no tienen la culpa. Nada que reclamar —logré balbucear algo tembloroso—. ¿Eso es todo?
El «sí» de la azafata me devolvió el alma al cuerpo. Regresé a mi asiento y oré con no sé qué palabras. Oraba y miraba cómo el avión se iba acomodando para el despegue. No comí ni tomé nada durante el vuelo; no crucé palabras con los vecinos de al lado. Aterrizamos en el Toronto Pearson International Airport cuando ya comenzaba a oscurecer. Me esperaba Humberto con un abrazo que todavía siento.






