
Diversionismo ideológico: cuando hasta tus gustos eran considerados peligrosos
Por Álvaro Ferro Lugones ()
Miami.- Hubo una frase que marcó a varias generaciones de cubanos: «diversionismo ideológico». No era una expresión inocente. Era una acusación. Una manera de vigilarte, señalarte y castigarte por vestir, escuchar, leer, admirar o pensar de una forma diferente a la autorizada por el Partido.
En Cuba podía considerarse «diversionismo ideológico» usar una prenda de ropa con logotipos «imperialistas», llevar el cabello largo, vestir pantalones ajustados o imitar la moda occidental. No importaba que fueras un muchacho sin interés político: bastaba una camisa, un peinado o unos zapatos para convertirte en sospechoso.
Prohibido escuchar a los Beatles. También fueron rechazados o eliminados de la radio grupos como The Rolling Stones y artistas asociados con la cultura occidental. Años después, hasta medios oficiales cubanos reconocieron que los Beatles y otros músicos no estuvieron permitidos durante aquella etapa.
Prohibido escuchar a Roberto Carlos, Julio Iglesias y Camilo Sesto. También desaparecieron durante años de los medios cubanos las canciones de Raphael y José Feliciano. No porque sus canciones llamaran a una rebelión armada, sino porque algún funcionario decidió que sus relaciones, actuaciones o supuestas posiciones políticas no eran aceptables.
Béisbol profesional… cualquier cine
Prohibido hablar con admiración de las Grandes Ligas de béisbol. Mientras el béisbol era presentado como el deporte nacional, se ocultaba o despreciaba el lugar donde competían muchos de los mejores peloteros del mundo, incluidos numerosos cubanos. Hablar de las Grandes Ligas podía interpretarse como exaltación del profesionalismo capitalista, aunque la relación de Cuba con ese béisbol fuera mucho más antigua que la propia Revolución.

Prohibido el cine mexicano, especialmente las películas de Mario Moreno, Cantinflas, porque su humor, su irreverencia y su retrato de la vida no encajaban siempre en el molde soviético que pretendían imponernos.
Prohibidos o restringidos los dibujos animados de Disney. En su lugar, la televisión se llenó de producciones soviéticas y de aquellos recordados «muñequitos de palo», muchas veces grises, rígidos y cargados de mensajes «educativos».
En el cine predominaban las películas rusas, una detrás de otra, muchas relacionadas con la guerra, los soldados, los partisanos y la llamada Gran Guerra Patria. El entretenimiento también tenía que pasar por el filtro ideológico.
El ruso como segundo idioma
El inglés, idioma del «enemigo», fue eliminado o relegado en numerosos programas educativos, mientras el ruso se convirtió en lengua extranjera prioritaria. Se enseñaba en las escuelas, en centros especiales y hasta por la radio:
Русский язык по радио
«El idioma ruso por la radio»
La enseñanza del ruso comenzó a expandirse desde los primeros años de la década de 1960 y alcanzó gran fuerza durante los años setenta y ochenta, cuando miles de jóvenes cubanos aspiraban a estudiar en la Unión Soviética.
Pero el control no terminaba ahí.
Podía ser «diversionismo ideológico» escuchar rock, admirar a Elvis Presley, leer determinados libros, seguir modas extranjeras, cuestionar una orientación política, relacionarse con personas consideradas «no confiables» o simplemente querer vivir sin repetir las consignas oficiales.
La expresión adquirió forma doctrinal en un discurso pronunciado por Raúl Castro el 6 de junio de 1972, titulado El diversionismo ideológico, arma sutil que esgrimen los enemigos contra la Revolución. No se perseguía solamente una conspiración política: se convirtieron la cultura, la moda, el arte y la vida cotidiana en campos de vigilancia.
Aquello no era educación. No era defensa de la cultura nacional. No era protección de la juventud. Era control social.
La marcha atrás del totalitarismo
Querían decidir qué ropa podías vestir, qué música podías escuchar, qué películas podías mirar, qué idioma debías aprender, qué deportistas podías admirar y hasta qué sueños estabas autorizado a tener.
Después de prohibirnos durante años a los Beatles, terminaron inaugurándole una estatua a John Lennon.
Después de condenar la música occidental, terminaron organizando un concierto de los Rolling Stones.
Después de presentar el inglés como idioma del enemigo, tuvieron que volver a enseñarlo porque el mundo real no podía comunicarse únicamente en ruso.
Esa es una de las grandes derrotas del totalitarismo: puede censurar una canción, esconder una película y castigar una moda durante años, pero no puede impedir para siempre que las personas busquen la libertad.
El «diversionismo ideológico» fue el nombre que le dieron al miedo que sentían ante cualquier cubano capaz de pensar, elegir y vivir por sí mismo.






