
Un preso muere y el castrismo no ofrece explicaciones
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El 11 de junio de 2026, un joven cubano de 37 años, Luis Guillermo Céspedes Fonseca, perdió la vida dentro de un calabozo en Güines. No fue un accidente, no fue una enfermedad, no fue un suicidio, como las autoridades quieren hacer creer. Fue una muerte bajo custodia del Estado, y como tantas otras que la dictadura cubana entierra en el silencio, la familia quedó sin respuestas, sin consuelo y sin el derecho elemental a despedir a su ser querido.
La policía llamó a su madre para comunicarle que su hijo se había «ahorcado con una colcha». Una colcha. La misma palabra que usan para tapar la verdad, para cerrar el expediente, para maquillar la brutalidad con un eufemismo. Pero una madre no necesita ver un parte oficial para saber que algo no cuadra. Las hijas de Luis Guillermo exigieron ver su cuerpo. Se lo negaron. No hubo permiso para fotografías, ni acceso al cadáver, ni una sola explicación que pudiera calmar el dolor.
El ensañamiento no terminó con la muerte. Apenas 24 horas después, las autoridades les comunicaron que el cuerpo debía ser sepultado en Güines. La familia vive en Contramaestre, en la provincia de Santiago de Cuba. Sabían que era imposible llegar a tiempo, pero les dieron esa orden con la misma frialdad con la que se da una notificación administrativa. Sepultaron a Luis Guillermo en soledad, sin el abrazo de su madre, sin la despedida de sus hijas. A una madre le negaron el derecho más antiguo y sagrado: el de llorar sobre la tumba de su hijo.
La foto del delito
Pero el silencio no ha podido tapar la evidencia. Una fotografía anónima llegó a manos de la familia y muestra el cuerpo golpeado de Luis Guillermo. No fue una muerte limpia, no fue un ahorcamiento con una colcha. Fue un crimen. Fue la violencia de unos agentes que, una vez más, han demostrado que su trabajo no es proteger, sino castigar. Y cuando el castigo es mortal, el régimen no da explicaciones: entierra a los muertos y entierra también la verdad.
Desde entonces, las autoridades de Contramaestre han hecho absoluto silencio. La madre, las hermanas, la familia entera han pedido justicia, pero el sistema no está diseñado para dar justicia, está diseñado para callarla. Exigen una investigación real, transparente, con acceso al expediente, con derecho a ver el cuerpo, con permiso para saber dónde reposan los restos de su hijo. No saben ni en qué lugar del cementerio lo enterraron. Eso no es negligencia, es crueldad.
Hoy, desde la calle Edel Mora #51A, en el reparto La Gloria, Maffo, municipio Contramaestre, provincia de Santiago de Cuba, esta familia no pide perdón, pide verdad. Y nosotros, los que podemos escribir, los que podemos compartir, los que podemos gritar, tenemos la obligación de hacer que su dolor no sea en vano.
Porque mientras en Cuba un preso muere y el castrismo no ofrece explicaciones, la impunidad sigue siendo la única ley que el régimen respeta. Y el mundo tiene que saber que la muerte de Luis Guillermo no es un caso aislado, es el rostro de un sistema que mata y entierra sus crímenes en la oscuridad.






