
El derecho al futuro: la deuda pendiente de Cuba
Por René Fidel González ()
Santiago de Cuba.- Llega un aniversario del asalto a los cuarteles de Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en 1953, y es notorio que hoy en Cuba tenemos menos derechos y libertades políticas que las que tenían los cubanos de aquel entonces.
También es evidente que muchos de los problemas sociales y económicos que destrozaban los proyectos de vida y de felicidad de los hombres y mujeres de aquella época, tanto en las ciudades como en el campo —un orden de injusticia, desigualdad y pobreza— no solo existen hoy exacerbados y en plena expansión, sino que están mutando dentro de un proceso de decadencia que atraviesa actualmente en su conjunto a la sociedad cubana, a sus culturas y cosmovisiones.
Tal mutación actúa como condición y principio de oportunidad para una minoría —y sus vasallos y testaferros— que se vale del privilegio, del monopolio del despotismo, de la arbitrariedad y del sometimiento e instrumentalización de las instituciones públicas para lograr sus objetivos. Se está cerrando el ciclo histórico iniciado por el hecho fundacional de una ya casi extinta generación política.
Los historiadores podrán hacer luego el balance del proceso que los hombres y mujeres de esa generación desencadenaron y —de unas u otras formas— ayudaron a definir y desarrollar; el balance de sus éxitos y fracasos, de sus contribuciones a la expansión de las estructuras y visiones de la civilización en Cuba, de sus atrocidades y límites. Pero para los ciudadanos, de lo que se trata es de otra cosa.
La impunidad y el poder sin límites
Es preciso recuperar la igualdad política en Cuba, asegurar la provisión y el acceso a los mismos derechos y libertades para todos los ciudadanos, para que su uso excluyente y arbitrario no siga siendo privilegio de la impunidad, del capricho y de la voluntad del poder sin límites: el patrimonio heredado de una minoría a otra, aún peor, por mediocre y banal. Es necesario enfrentar el infierno de desigualdad y pobreza, de soberbia y corrupción estructural al que está encadenado nuestro país, para entender entonces el subdesarrollo y encontrar las formas eficientes y urgentes de restaurar la vitalidad y la posibilidad de proyectos de vidas felices para cada uno de nosotros en Cuba, y para nuestros descendientes.
De todos los derechos de los que hemos sido privados, o que nos han sido menguados o estrangulados por el sometimiento y por la opresión política —por el hábito servil y simulador que instauró el castigo por cualquier idea o pensamiento distinto, por la elección y la autodeterminación serena de nuestras decisiones— es quizás el derecho al futuro el menos conocido y uno de los más importantes. Los cubanos tenemos que empezar a reivindicar nuestro derecho al futuro, a decidir nuestro futuro, frente a todos, frente a todo. El sacrificio de nuestros padres, sus dolores y, sobre todo, sus sueños y esperanzas, son las bases de ese derecho.
Es por eso que, estemos donde estemos en el mundo, allá donde nos llevasen o lanzaran las circunstancias que cada uno de nosotros ha experimentado, sigue siendo el derecho al futuro un derecho imprescriptible, inherente a nosotros, irrenunciable, universal, indivisible e interdependiente de todos los demás derechos que nos pertenecen y merecemos. Tenemos que reivindicar y ejercer el derecho al futuro, y la única forma de hacerlo es a través de la política. Hacer esto es en lo que creo.






