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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Los británicos han descubierto el calor. Y no les ha gustado nada. Un sesudo estudio de la Escuela de Economía de Londres y una fundación italiana ha dictaminado que la ola de calor de junio les costó 1.150 millones de libras. Veinticuatro millones de horas de trabajo perdidas. Trabajadores mareados, con palpitaciones, buscando atención médica. Pobres ingleses. Nunca un termómetro les había hecho tanto daño. Y nosotros, los cubanos, leyendo esto con un abanico roto y los pies en un cubo de agua casi caliente, nos preguntamos: ¿pero esto es calor o es un cuento de hadas?

Ellos pierden horas de trabajo. Nosotros perdimos el trabajo hace años. Ellos se quejan de que no pueden dormir porque el calor les da trastornos del sueño. Nosotros no podemos dormir porque los mosquitos nos comen vivos, porque el colchón parece una plancha y porque el ventilador, si funciona, es un lujo que solo se enciende cuando hay corriente.

Los ingleses no saben lo que es calor
Una mujer en una calle de Pinar del Río

Y cuando hay corriente, el voltaje baja tanto que las aspas giran con la misma velocidad que un carretón de bueyes. Pero no importa, porque a las dos de la madrugada la corriente se va, el calor se vuelve una manta de plomo y el mosquito, ese ser mitológico, se convierte en el dueño de la noche.

Demasiado ‘débiles’ los británicos

El estudio dice que el 87% de los trabajadores británicos informó efectos en la salud. Mareos, desmayos, palpitaciones. El 5% buscó atención médica. Y yo me pregunto: ¿y el 95% restante qué hizo? ¿Se tomó un té?

Aquí, en La Habana, el 100% de los cubanos tiene efectos en la salud cada vez que abre la nevera y solo encuentra una cebolla podrida y dos huevos de la semana pasada. El calor no es un fenómeno meteorológico, es una condición de vida. La diferencia es que allí el calor les da fatiga en el trabajo; aquí el calor nos da fatiga para buscar trabajo, para hacer cola, para andar quince kilómetros a pie porque la guagua no pasó. Ni va a pasar jamás.

Los ingleses no saben lo que es calor

El texto habla de pérdidas millonarias por horas no trabajadas. Pero ese es el problema de los ricos: miden las pérdidas en libras. Nosotros medimos las pérdidas en vidas. En días sin comer. En niños que crecen sin leche. En ancianos que se deshidratan porque el agua llega tres veces por semana, y cuando llega, sale color té y con olor a cañería. El calor británico los obliga a quedarse en casa. El cubano los obliga a salir a la calle, a buscar un peso, a resolver, a inventar, a sudar la gota gorda debajo de un sol que no perdona ni a los santos.

Si no eres cubano, no sabes de calor

Y luego están los 40 grados que ellos llaman «récord». 37 grados, dice el estudio. Y nosotros, que llevamos toda la vida con 38, 39, 40 grados a la sombra, y con una humedad que convierte el aire en sopa, leemos esas cifras y sonreímos. 37 grados.

En Cuba eso es el precalentamiento. A las diez de la mañana ya hemos alcanzado esa temperatura, y todavía nos quedan ocho horas de sol, de ruido, de vecinos peleando por un cubo de agua, de animales muertos en la acera y de niños jugando en los charcos de la calle rota.

Los ingleses no saben lo que es calor
Un matrimonio en Camagüey

Pero bueno, que los ingleses se tomen su informe científico, que se compren sus aires acondicionados y que sigan midiendo el calor en libras esterlinas. Nosotros, los cubanos, sabemos que el calor no se mide con termómetros. Se mide con la paciencia que queda, con los sueños que se desvanecen, con la esperanza de que esta noche, quizás, haya brisa y no haya mosquito, y que el amanecer traiga un vaso de agua y la noticia de que el apagón no será tan largo.

Ellos perdieron 24 millones de horas de trabajo. Nosotros perdimos la cuenta de las horas de vida. Y aun así, seguimos aquí, sudando y riéndonos de los pobres ingleses, que no saben lo que es el calor.

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