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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Decía Cantinflas que «la primera obligación de todo ser humano es ser feliz; la segunda, hacer felices a los demás». Miguel Díaz-Canel, sin embargo, parece haberse dedicado a perfeccionar otra faceta del célebre cómico mexicano: la capacidad de hablar durante veinte, cuarenta o sesenta minutos seguidos, enlazando palabras, consignas y frases circulares sin llegar jamás a una idea concreta, una solución viable o una explicación que resista el menor análisis, cada tres frases intercala una consigna.

La diferencia es que Cantinflas hacía reír porque era un genio de la comedia. Díaz-Canel provoca desesperación porque gobierna un país en ruinas.

Su más reciente aparición en el canal propagandístico Russia Today, constituye un verdadero manual de gimnasia verbal revolucionaria. En uno de los momentos más delirantes de la entrevista, al referirse al supuesto interés de inversionistas extranjeros en Cuba, soltó esta perla:

«Hay mucha gente dispuesta a hacer inversiones en Cuba… están estudiando con mucho detenimiento todas las posibilidades… hay mucha voluntad y mucha disposición, y lamentablemente no hablamos en público de esas cosas porque hay una persecución».

El trabajo de analizarlo

Analizar semejante declaración es entrar de lleno en el territorio de la ficción. Díaz-Canel pretende que creamos que el mundo empresarial está haciendo fila, chequera en mano, ansioso por invertir en una economía que, desde los tiempos de Fidel Castro, se ha negado sistemáticamente a honrar sus deudas; una economía quebrada, insolvente, sin seguridad jurídica, sometida a apagones interminables, escasez generalizada y a un régimen que cambia las reglas cada vez que le conviene.

Los inversionistas están ahí, asegura, pero no podemos conocer sus nombres. No podemos ver sus proyectos. No sabemos cuánto invertirán, cuándo lo harán ni en qué sectores. Son inversionistas secretos, clandestinos, casi mitológicos. El equivalente empresarial de quien presume de una novia imaginaria y, cuando le piden conocerla, responde que vive muy lejos y que no puede enseñar fotografías porque está siendo perseguida por el imperialismo.

Minutos después, sin abandonar su tono de profesor de una asignatura que ni él mismo comprende, Díaz-Canel volvió a recurrir a la vieja receta ideológica: retorcer las palabras hasta que la responsabilidad desaparezca.

«Nadie ha tenido que construir el socialismo, insisto, en las condiciones en que lo ha tenido Cuba… Por lo tanto, ni calco ni copia: «creación heroica» es lo que tenemos que hacer».

¿Creación Heroica?

Llamar «creación heroica» a la parálisis de un país es algo más que una burla. Es una falta de respeto a millones de cubanos que pasan más de treinta horas sin electricidad, que hacen colas interminables para comprar comida, que no encuentran medicamentos y que han visto marcharse a sus hijos porque la única industria que todavía funciona eficientemente en Cuba es la fabricación de emigrantes.

¿Qué tiene de heroico administrar la escasez durante más de seis décadas? ¿Dónde está la creación en repetir los mismos errores, mantener los mismos controles y culpar siempre al mismo enemigo?

La llamada «creación heroica» no es más que el nuevo envoltorio verbal para ocultar un fracaso viejo. Antes fue el «período especial». Después llegaron la «actualización del modelo», la «continuidad», la «resistencia creativa», la «coyuntura», el «ordenamiento» y ahora esta heroica manera de hundirse mientras se pronuncian discursos sobre lo bien que se está avanzando.

Díaz-Canel menciona a China y Vietnam, pero evita un detalle que arruinaría su propaganda: esos países permitieron espacios de mercado, atrajeron capital, toleraron la acumulación de riqueza y concedieron a sus ciudadanos libertades económicas que el régimen cubano continúa negando. Pretenden recibir los resultados de China sin hacer las reformas de China; atraer inversiones sin ofrecer garantías; producir riquezas sin permitir que nadie prospere fuera del control del Partido.

Quieren capitalistas extranjeros, pero cubanos obedientes y pobres.

El régimen como único obstaculo

En Cuba, el problema nunca ha sido la falta de creatividad del pueblo. El cubano inventa, resuelve, repara, improvisa y sobrevive a pesar de la dictadura. El verdadero obstáculo es un régimen que prefiere ver al país paralizado antes que permitir que sus ciudadanos sean económicamente independientes. Porque quien puede vivir de su trabajo no necesita agradecerle al tirano una bolsa de comida, un empleo miserable ni una limosna disfrazada de derecho.

En la entrevista con RT, Díaz-Canel no habló para informar, convencer ni presentar propuestas. Habló para vender aire frito y ofrecerle a la propaganda rusa una colección de frases prefabricadas con consignas intercaladas. En su universo discursivo, la culpa de la ineficiencia propia siempre pertenece al «imperio»; las inversiones abundan, pero son invisibles; la economía crece, aunque nadie pueda comprobarlo; y la miseria deja de ser miseria cuando se la bautiza solemnemente como «resistencia creativa» o «creación heroica».

Cantinflas hablaba mucho y no decía nada porque ese era su arte.

Díaz-Canel habla mucho y no dice nada porque no tiene nada que ofrecer.

Pero cuando un comediante cantinflea, el público se ríe. Cuando un gobernante sustituye la gestión pública por el cantinfleo ideológico, el resultado deja de ser una comedia: se convierte en la tragedia cotidiana de millones de personas obligadas a sobrevivir entre apagones, pobreza, represión y consignas.

Y mientras Cuba se queda a oscuras, Díaz-Canel continúa encendiendo micrófonos y dando entrevistas.

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