
El entierro de la indiferencia
Por Rafa Junco ()
Madrid.- En septiembre de 2013, Chiquinho Scarpa cometió el pecado más grave que un millonario puede cometer en Brasil: enterrar un Bentley. El excéntrico empresario anunció que sepultaría su Continental Flying Spur en el jardín de su mansión, como los faraones, para llevárselo a la otra vida. La noticia encendió a todo el país. ¿Cómo podía alguien enterrar un coche de un millón de reales mientras había gente pasando hambre? Las críticas llovieron como granizo en pleno verano.
Mandó cavar una fosa, puso coronas de flores y convocó a los periodistas. La ceremonia fue retransmitida en directo. El Bentley fue bajando lentamente, mientras Scarpa fingía despedirse con cara de funeral. La indignación llegó al límite. Pero justo cuando la tierra iba a cubrir el capó, alzó la mano y ordenó parar. Silencio en el jardín. Todo el mundo esperaba un cadáver de lujo, y lo que vino fue una confesión.
No iba a enterrar ningún coche. Era una campaña de la Asociación Brasileña de Trasplantes de Órganos. Scarpa había montado el numerito para que el país entero se preguntara por qué le escandalizaba más sepultar un Bentley que sepultar cada día corazones, riñones y córneas en los cementerios. «Absurdo es enterrar algo mucho más valioso que un Bentley: tus órganos», soltó. Y el público, que minutos antes lo insultaba, se quedó con la boca abierta.
El verdadero objetivo
La campaña tenía un segundo golpe: no bastaba con querer donar. Había que decírselo a la familia, porque son ellos los que firman el papel cuando te vas. Scarpa se dejó odiar durante días, se tragó los titulares de «millonario idiota» y aguantó la presión como un boxeador que sabe que el nocaut no llegará hasta el último asalto. Y llegó. Justo cuando la fosa ya estaba abierta y el país en pie de guerra, desveló el truco.
El Bentley salió intacto del agujero, pero la conciencia de muchos se quedó enterrada. Miles de personas empezaron a hablar de donación, a firmar documentos, a preguntarse por qué malgastamos tanta energía en criticar un capricho y tan poca en salvar una vida. Chiquinho Scarpa no enterró un coche. Enterró la indiferencia. Y esa, amigos, es la única sepultura que merece la pena cavar.






