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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Quien haya estudiado con objetividad la historia de las grandes revoluciones del mundo difícilmente podrá concluir que sus resultados fueron verdaderamente favorables para los pueblos. Más allá de las promesas de libertad, justicia e igualdad, la realidad demuestra que, en la mayoría de los casos, las revoluciones terminaron sustituyendo un sistema de poder por otro aún más concentrado.

Se atribuye a Mao Zedong la idea de que ninguna revolución se hace para instaurar una democracia, sino para reemplazar una dictadura por otra: la llamada dictadura del proletariado. La historia parece ofrecer numerosos ejemplos que alimentan esa reflexión. ¿En qué terminó la Revolución Francesa? ¿Cuál fue el desenlace de la Revolución Rusa? ¿Qué resultados dejó la Revolución Cubana? En mi opinión, todas acabaron derivando en tragedias humanas, políticas y económicas. Por eso considero que, con demasiada frecuencia, revolución y tragedia terminan siendo sinónimos.

Robespierre, Stalin, Mao Zedong, Fidel Castro, Daniel Ortega, Hugo Chávez y otros líderes revolucionarios concentraron el poder en sus manos o sentaron las bases para sistemas donde la alternancia política desapareció.

Líderes más ricos y millones de pobres

Mientras millones de ciudadanos padecían pobreza, represión o escasez, las élites gobernantes consolidaban privilegios para sí mismas y para sus círculos más cercanos. Se transformaron en castas políticas prácticamente imposibles de cuestionar, sostenidas por estructuras de poder que terminaron alejándose de las necesidades reales del pueblo.

Lo más preocupante es que todavía hay personas que no logran comprender esta dinámica. Los pueblos son movilizados con la promesa de un futuro mejor, pero con demasiada frecuencia terminan convertidos en instrumentos para garantizar la permanencia en el poder de quienes utilizan el discurso revolucionario como medio para satisfacer sus propias ambiciones.

A mi juicio, estos líderes actúan como verdaderos depredadores sociales. Comprenden que su bienestar depende de mantener sometida a la población, porque solo así pueden conservar los privilegios que el poder absoluto les concede. En esencia, son patriarcas convencidos de que, para vivir por encima de los demás, primero deben aplastar a los demás.

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