
El silencio también es una postura
Por Sergio Barbán Cardero ()
Es muy fácil pararse frente a un micrófono a conmover al público con cara de telenovela, soltando un guion diseñado milimétricamente para quedar bien con Dios y con el diablo, más con el diablo que con Dios.
Eso es exactamente lo que hace Alejandro Cuervo en esta entrevista (https://www.facebook.com/reel/1765321578252464): una actuación impecable para la vida real. Habla de todo, adorna el discurso con sentimientos, dramatiza como en una telenovela, pero esquiva con tremenda agilidad el verdadero elefante en la habitación: el dolor y la miseria que está doblegando al pueblo.
Ahí es donde se desmonta la famosa falacia de su neutralidad. Cuando él dice, muy convencido, «yo no estoy en ninguna postura, yo estoy en la postura humana», comete un error de cálculo tremendo. En un escenario donde hay un opresor con todo el poder y un pueblo asfixiado que no tiene nada, la neutralidad no existe.
El silencio también es una postura, y siempre termina favoreciendo al que tiene la bota puesta sobre el cuello del otro. No mencionar las causas de la destrucción del país no es ser neutral; es ser cómplice por omisión de la tiranía.
El pueblo no tiene qué perder
Para desviar la atención, Cuervo recurre a la vieja táctica del miedo. Cuando habla de que la gente pide «guerra», está maximizando y exagerando las cosas con total intención. Al soltar esa palabra, lo que busca es sembrar en la mente de la gente el horror de escenarios como Gaza, Ucrania, Irán o Alepo.
Pero esa no es la realidad. Él sabe perfectamente que si hubiese algún tipo de intervención o fuerza multilateral humanitaria (algo que la tiranía ha evitado a base de puro lobby político internacional), el objetivo no sería el pueblo, sino el régimen que lo oprime. Al pueblo ya no le queda nada que perder, salvo una vida precaria, sin salud y sin comida; por eso, desde adentro, muchos piden auxilio a gritos.
Pintar ese reclamo desesperado como un simple «deseo de guerra» es una falta de respeto al sufrimiento ajeno. Y para colmo, intenta restarles responsabilidad diciendo que lo hacen «por desconocimiento», tratándolos como si fueran ignorantes que no saben lo que quieren.
Luego viene el escudo que utiliza para protegerse, justificándolo todo con la defensa de sus privilegios disfrazada de amor familiar. Cuervo dice que para él su familia está por encima de su carrera, de sus negocios y de todo. Y claro, dicho así suena hermoso, de padre abnegado. Pero hay que tener la cara muy dura para usar ese argumento cuando su familia no carece de absolutamente nada.
Él no está pensando en la familia de los cubanos hambrientos: la de la madre que no sabe qué darle de comer a sus hijos, ni hoy ni mañana; la del viejo que no tiene medicinas; o la de la gente a la que se le está cayendo el techo encima en una Habana en ruinas. Él habla de su familia, esa que vive en una burbuja gracias a las prebendas, los negocios y los permisos que le otorga el mismo régimen que destruye a las demás. Su realidad familiar se mueve en un Mercedes-Benz; la de los demás, a pie y sin rumbo.






