
La indignidad de los cómplices: Un dilema inexplicable en la Cuba de hoy
Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- Toda dictadura necesita dos pilares para sobrevivir: quienes ejercen el poder y quienes, aun siendo víctimas, terminan justificándolo. A los primeros resulta relativamente fácil comprenderlos. El poder seduce, el privilegio corrompe y la riqueza obtenida a costa del pueblo explica muchas conductas.
Los altos dirigentes del Partido Comunista y de la administración estatal viven protegidos por un mundo completamente ajeno a la realidad del cubano común. Mientras millones de personas soportan apagones interminables, salarios miserables, hospitales sin recursos y mercados vacíos, la élite disfruta de privilegios reservados únicamente para quienes garantizan la continuidad del sistema.
La ambición explica su comportamiento.
Lo verdaderamente desconcertante es otra realidad mucho más compleja. ¿Cómo explicar al ciudadano que pasa hambre y continúa defendiendo al régimen que lo ha condenado a esa existencia?
¿Cómo comprender a quien no puede comprar un jabón para bañarse, que no encuentra leche para su hijo, que divide el último pedazo de pan entre varios miembros de la familia y, sin embargo, repite con absoluta convicción los mismos discursos oficiales?
No son hipótesis
Hace algún tiempo vi a un hombre hurgando entre los desperdicios de un latón de basura. Su camisa estaba rota, sus zapatos apenas podían llamarse zapatos y el hambre se reflejaba en su rostro mucho antes que sus palabras.
Sin dejar de buscar comida me dijo: «Fidel fue el político más grande del siglo XX.»
Aquella afirmación me impresionó mucho más que la pobreza que tenía delante de mis ojos. ¿Cómo puede una víctima admirar a quien edificó el sistema que terminó destruyendo su propia vida?
La respuesta exige abandonar las explicaciones simplistas. No basta con hablar de ignorancia.
Durante más de seis décadas el régimen cubano desarrolló uno de los procesos de adoctrinamiento político más prolongados del continente. Desde la enseñanza primaria hasta la universidad, pasando por la televisión, la radio, la prensa, las organizaciones estudiantiles y laborales, una sola versión de la historia fue repetida millones de veces.
Cuando un niño escucha el mismo relato desde los cinco años hasta la vejez, deja de ser únicamente una idea. Termina convirtiéndose en parte de su identidad.
El miedo
Pero existe otro elemento aún más poderoso: el miedo.
El miedo no siempre se manifiesta mediante la cárcel o la violencia física. También se instala lentamente en la conciencia. Se aprende que opinar tiene consecuencias, que disentir puede costar un empleo, impedir una carrera universitaria o convertir a una familia en objeto de vigilancia.
Con los años, muchas personas ya no necesitan que alguien las vigile. Se vigilan ellas mismas.
A ello se suma un fenómeno profundamente humano. Aceptar que se ha vivido engañado durante décadas significa reconocer que innumerables sacrificios fueron inútiles. Significa admitir que familiares murieron creyendo en una causa falsa, que los años de escasez no condujeron al paraíso prometido y que las ilusiones depositadas en la Revolución fueron traicionadas.
No todos poseen la fortaleza moral para realizar semejante confesión. Por eso algunos prefieren aferrarse al mito antes que enfrentarse a la verdad.
Manipulación del sentimiento patriótico
También existe una manipulación deliberada del sentimiento patriótico. Durante décadas el régimen logró identificar la nación con el Partido, la bandera con el Gobierno y la patria con la Revolución. De ese modo, muchos cubanos terminaron creyendo que cuestionar al poder equivalía a traicionar a Cuba.
Fue una de las operaciones ideológicas más eficaces del totalitarismo.
Sin embargo, la patria jamás pertenece a un partido político. La nación es mucho más antigua y mucho más grande que cualquier gobierno.
La Cuba del futuro tendrá que afrontar una tarea inmensa. No bastará con reconstruir carreteras, hospitales o la economía. Será imprescindible reconstruir la conciencia nacional.
La escuela deberá recuperar su misión natural: enseñar a pensar y no enseñar qué pensar. El aula dejará de ser un espacio de propaganda para convertirse en un lugar donde convivan libremente las ideas, el debate y el conocimiento.
La libertad política solo será duradera cuando vaya acompañada de una ciudadanía capaz de ejercer el pensamiento crítico.
Ese será el verdadero triunfo de una Cuba democrática. Porque la peor esclavitud no es la del cuerpo. Es aquella que logra aprisionar la conciencia hasta el punto de que la víctima termina defendiendo al verdugo.






