El Coliseo y el oro de Jerusalén

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- No fue el amor lo que levantó el Coliseo. Fue el odio, la guerra y el saqueo de una ciudad sagrada. El anfiteatro más famoso del mundo, ese que hoy los turistas fotografían con asombro, se construyó con el dinero robado a un pueblo derrotado. Y nadie, en la Roma imperial, se atrevió a llamarlo crimen. Lo llamaron botín. Lo llamaron gloria. Lo llamaron, simplemente, victoria.

Todo ocurrió en ocho años. Ocho años para levantar una mole de piedra capaz de albergar a cincuenta mil espectadores. Hoy, con grúas y hormigón, cualquier obra moderna tarda dos, o tres años. Pero los romanos no tenían prisa por la perfección: tenían prisa por el espectáculo. Y para eso, necesitaban mano de obra, materiales y, sobre todo, dinero. Mucho dinero. El que llegó directamente de Jerusalén, después de que las legiones de Tito arrasaran el Segundo Templo en el año 70. Toneladas de oro, plata y tesoros acumulados durante siglos se convirtieron en travertino, en gradas y en arcos de triunfo.

Los prisioneros judíos, esos que habían visto arder su ciudad y derrumbarse su templo, fueron enviados a las canteras de Tívoli. Allí, con las manos ensangrentadas y la fe hecha pedazos, arrancaron de la tierra los bloques de piedra que hoy sostienen el símbolo de Roma. No hubo arquitecto que no supiera de dónde venía el dinero. No hubo senador que no lo aprobara. Y el emperador Vespasiano, ese viejo zorro de la política, supo convertir el expolio en un gesto de generosidad: devolvió al pueblo romano los terrenos del palacio de Nerón, y sobre ellos levantó un monumento al entretenimiento y la crueldad.

El peso de la gloria lo pagan otros

La inauguración duró cien días. Cien días de juegos, de sangre, de fieras y de gladiadores. Miles de animales exóticos murieron en la arena. Hombres lucharon hasta la muerte mientras las gradas vibraban con el rugido de la multitud. Y todo aquello, cada piedra, cada arco, cada asiento, fue pagado con el botín de una provincia lejana.

La tragedia de Jerusalén se convirtió en el esplendor de Roma. Y nadie, en aquellos días, se detuvo a pensar que la grandeza de un imperio se sostenía sobre la ruina de otros pueblos.

Hoy, cuando miramos el Coliseo, vemos belleza. Vemos historia. Vemos ingeniería. Pero también deberíamos ver la sombra de aquellos esclavos que lo levantaron, la sangre de aquellos que murieron en su arena y el oro de un pueblo que perdió su templo para que Roma tuviera su circo. Porque el Coliseo no es solo un monumento a la grandeza romana. Es también un recordatorio de que, a veces, la civilización se construye con los escombros de la barbarie. Y que el precio de la gloria, casi siempre, lo pagan otros.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy