
La geometría de la esperanza
Por Rafa Junco ()
Madrid.- No tenía pólvora. No tenía GPS. Ni siquiera tenía mapas de verdad, de esos que se doblan y se guardan en el bolsillo. Lo que tenía Eupalinos de Megara, en el siglo sexto antes de Cristo, era una montaña, un tirano que pedía agua y un puñado de hombres con martillos y cinceles.
El tirano se llamaba Polícrates y gobernaba Samos, una isla griega que no quería morir de sed si algún enemigo venía a sitiarla. Así que Eupalinos, que era arquitecto, miró el monte Kastro y dijo: vamos a atravesarlo. Un kilómetro de roca sólida. Y lo iba a hacer con dos cuadrillas, una desde cada lado, sin verse, sin escucharse, guiados solo por la geometría.
La decisión fue una locura. O una genialidad. O las dos cosas, que suelen ir de la mano cuando alguien se atreve a pensar en grande. Eupalinos ordenó que los dos grupos comenzaran a excavar al mismo tiempo. Desde los dos extremos de la montaña. Sin comunicarse. Sin saber si el otro avanzaba, si se desviaba, si seguía vivo. Solo con lámparas de aceite que parpadeaban en la oscuridad y el ruido sordo del metal contra la piedra. El arquitecto sabía que el menor error de cálculo convertiría aquella obra en un fracaso absoluto: dos túneles paralelos que nunca se encontrarían, dos esfuerzos que habrían sido en vano.
Cálculos y mucha esperanza
Pero Eupalinos no se fió solo de la intuición. Usó la geometría como un arma. Sobre la superficie de la montaña midió triángulos, calculó ángulos, trazó líneas invisibles que solo él podía ver. Luego, cuando las cuadrillas se acercaban al centro, cambió la dirección de las galerías en forma de zigzag, una maniobra inteligente para forzar el encuentro en el plano horizontal. Como si estuviera jugando al ajedrez con la propia montaña. Y mientras los obreros picaban piedra en la oscuridad, él seguía las cuentas en la superficie, confiando en que los números no mienten.
Pasaron diez años. Diez años de martillazos, de sudor, de polvo que se metía en los pulmones. Diez años de avanzar centímetro a centímetro, sin saber si al final habría luz o solo más piedra. Y un día, en mitad de la montaña, las dos cuadrillas se encontraron. No se vieron venir. No se oyeron llegar. Simplemente, de repente, el cincel de uno atravesó el último muro de roca y apareció el otro lado. La desviación vertical fue de apenas unos centímetros. Casi nada. Una precisión que hoy, con láser y tecnología, sigue pareciendo milagrosa.
El túnel de Eupalinos no fue solo una obra de ingeniería. Fue una declaración de principios. Una demostración de que el ser humano, cuando confía en la razón y en el cálculo, puede hacer lo imposible. Dos equipos separados, dos grupos de hombres que nunca se vieron durante una década, lograron encontrarse en el corazón de una montaña. La geometría no falló. La paciencia tampoco. Y cuando al fin la luz entró por un extremo y salió por el otro, el agua pudo fluir. Y Samos, esa isla pequeña y orgullosa, supo que había vencido a la roca.
A veces, el progreso no es más que eso: medir bien, confiar en los números y no dejar de golpear.






