Sin combustible, sin guagua, pero con reservas abiertas: así arrancaron los Campismos en Guantánamo

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Por Yeison Derulo

Guantánamo.- El Campismo Popular de Guantánamo acaba de presentar la versión tropical del turismo de supervivencia. Las instalaciones abrirán este verano, sí, pero el detalle no es menor: llegar será responsabilidad exclusiva del cliente.

Por primera vez, las reservaciones no incluyen transporte porque no hay combustible garantizado ni para los ómnibus estatales ni para los transportistas privados. En otras palabras, el campismo existe, las cabañas esperan y hasta las oficinas venden las reservaciones con entusiasmo, pero el visitante tendrá primero que resolver el pequeño inconveniente de recorrer decenas de kilómetros por obra y gracia del Espíritu Santo.

La explicación oficial intenta vestir la carencia de planificación como si fuera una simple adaptación a las circunstancias. Habrá recreación al aire libre, animadores y actividades para toda la familia, aunque el mayor entretenimiento probablemente sea descubrir cómo llegar a Yacabo, Playitas de Cajobabo, El Yunque o Duaba sin un asiento disponible. Es casi una competencia nacional: quien logre aparecer en la recepción merece una medalla antes de recibir la llave de la habitación.

Al paso que vamos, cualquier campista que consiga llegar por sus propios medios ya habrá vivido la verdadera aventura antes incluso de desempacar.

Eso sí, los directivos tranquilizan a todos con una noticia que parece sacada de otra época: la comida está garantizada y seguirá cocinándose con leña y carbón, método que sustituye desde hace años la dependencia eléctrica.

Mientras medio planeta habla de energías renovables, eficiencia y tecnología, en Cuba la innovación consiste en anunciar con orgullo que el fogón de hace un siglo sigue funcionando. Solo falta que en la próxima temporada promocionen el regreso del quinqué como experiencia inmersiva y llamen «turismo patrimonial» a la falta de electricidad.

La lista de precios tampoco pierde el sentido del humor involuntario. El cliente pagará suplementos por aire acondicionado… siempre que exista electricidad. También por minibar y otros servicios que dependen de condiciones que nadie puede garantizar. Es como comprar un boleto para ver una película sin saber si habrá pantalla.

La lógica del campismo parece sencilla: usted paga por la posibilidad de disfrutar algo que quizás nunca ocurra. Si aparece la corriente, ganó la lotería; si no, siempre le quedará el ventilador… siempre que también haya corriente para moverlo.

Lo verdaderamente llamativo no es que el Campismo Popular funcione en medio de tantas limitaciones. Lo sorprendente es la capacidad del discurso oficial para presentar cada retroceso como un éxito administrativo.

Ya no hay transporte, la electricidad es una incógnita y cocinar con carbón dejó de ser una emergencia para convertirse en virtud institucional. Cuba ha perfeccionado un modelo donde las carencias cambian de nombre y terminan vendiéndose como fortalezas. Al final, el único servicio que nunca falla es «la creatividad» para maquillar el desastre.

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