El barco de 36 centavos

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- En 1928, Richard Halliburton decidió cruzar el Canal de Panamá de una forma que nadie esperaba. A nado. El escritor y aventurero estadounidense obtuvo autorización para recorrer los aproximadamente 80 kilómetros del canal, pasando por lagos, cortes y esclusas como si él mismo fuera una embarcación. Y, técnicamente, así fue tratado. Para permitirle atravesar las esclusas, las autoridades calcularon el peaje según su «tonelaje». Halliburton pesaba alrededor de 68 kilos. La cuenta final fue de apenas 36 centavos de dólar. El peaje más bajo registrado en la historia del Canal de Panamá.

La travesía no ocurrió de una sola vez. Halliburton dividió el recorrido durante varios días y estuvo acompañado por embarcaciones de apoyo. Cuando llegó a las esclusas, las enormes compuertas se cerraron detrás de él y millones de litros de agua elevaron su cuerpo exactamente como lo hacían con los grandes barcos. La imagen era absurda. Buques de miles de toneladas compartían una de las mayores obras de ingeniería del mundo con un hombre en traje de baño.

Las esclusas… para un hombre solo

Halliburton completó la travesía y continuó con una vida llena de aventuras: escaló montañas, atravesó continentes y convirtió sus viajes en libros que lo hicieron famoso. Pero pocas de sus hazañas resultaron tan curiosas como aquella. No porque fuera la más peligrosa o la más larga, sino porque condensaba algo que el mundo moderno había perdido: la certeza de que un hombre, con nada más que su cuerpo y su voluntad, podía ser tratado con el mismo respeto que un transatlántico.

Hay algo conmovedor en esa imagen. Un solo hombre flotando entre esclusas de acero, rodeado de buques que transportaban mercancías y sueños de imperios. Mientras el mundo se industrializaba, mientras las máquinas devoraban distancias, Halliburton se deslizaba por el agua como un pez que hubiera aprendido a pagar impuestos. No pedía permiso para estar ahí. Pedía un precio justo por su peso. Y el Canal, esa obra colosal que unía dos océanos, se tomó la molestia de cobrarle 36 centavos.

En 1928, el Canal de Panamá recibió uno de los barcos más pequeños de su historia. No tenía motor. No tenía casco. Y pagó 36 centavos para cruzar. Tal vez por eso la anécdota sigue viva casi un siglo después: porque nos recuerda que el valor de una travesía no siempre se mide en tonelaje, y que a veces, lo más pequeño puede dejar la huella más grande.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy