
Luis y la vida perdida
Por Carlos Carballido ()
Dallas.- Ya no recuerdo la fecha exacta, pero fue por estos días que Dios, los disgustos, las carencias —o como quiera llamársele— decidieron arrancarte de este mundo.
Y este mundo tampoco fue amigable ni contigo ni conmigo. Nos pagó de la peor manera, pero la diferencia es que yo me quedé más tiempo que tú para sufrirlo en silencio, sin culpas, sin agravios.
No puedo recordar el día exacto. Solamente que el caos llegó a partir de aquella noche en un sucio hospital de Mexicali, cuando al amanecer ya no viste el sol que tantas veces nos despellejó la piel.
Dicen los optimistas que no importa, que los que se van descubren una luz mucho más verdadera. Pero eso es lo que dicen… y a estas alturas ya no me lo creo del todo.
La vida te pagó tan mal como a mí. Tanto, que se te fue en plena juventud, a pesar de que la bondad era tu principal mérito.
Los demás hijos de meretrices, los que sí debieron irse hace rato, se quedaron para echar un par de lágrimas camino al “campo santo”… y nada más.
Compartimos principios, lealtades, oficio, y sobre todo la responsabilidad de ser hombres cabales, aunque una frontera nos separara por casi mil millas de distancia.
He bloqueado muchas cosas, mi buen Luis. Tantas, que apenas puedo evocar el día exacto. Solo sé que semanas después me despedí frente a esa tumba simple, en las afueras del pueblo, entre el polvo del desierto y una desolación infinita, donde una cruz de madera —de la más corriente— perpetúa tus despojos.
Fuiste un buen hombre, carnal. Un alma limpia y noble . De los que no hacen ruido, de los que no se elogian en ninguna parte, de los que nadie defiende. Pero cumpliste. Cumpliste como pocos.
Y eso, aunque en este mundo podrido valga muy poco, no te lo puede quitar nadie.
Buen viaje carnal. En algún punto del tiempo y el universo te acompañaré






