Sí, Bruno Rodríguez: Cuba tiene una democracia… pero solo para la dictadura

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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)

Houston.- Bruno Rodríguez tiene razón en una cosa: Cuba posee una democracia distinta. Tan distinta que ha conseguido eliminar todos los elementos que históricamente definen a una democracia y, aun así, pretende conservar el nombre. Esa es, precisamente, la mayor habilidad propagandística del castrismo: apropiarse de las palabras para vaciarlas de contenido.

Durante más de seis décadas, el régimen ha repetido que el sistema cubano constituye una «democracia popular», «participativa» o «socialista». Sin embargo, cuando se examinan los principios universales que caracterizan a cualquier democracia auténtica, la realidad cubana se derrumba como un castillo de naipes.

En una democracia el poder nace del pueblo. En Cuba nace del Partido Comunista. No existe competencia política porque la propia Constitución establece que el Partido Comunista es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado. Es decir, ningún ciudadano puede organizar una alternativa política para disputar el poder mediante elecciones libres. El resultado siempre está decidido antes de que el pueblo llegue a las urnas.

Todo lo contrario

Bruno Rodríguez habla de soberanía popular, pero los cubanos jamás han podido elegir libremente entre varios partidos, varias propuestas o varios proyectos nacionales. El presidente de la República no surge de una elección directa, universal y competitiva. Es el resultado de un proceso completamente controlado por las estructuras del propio sistema. El ciudadano simplemente ratifica decisiones tomadas desde arriba.

En una democracia la prensa fiscaliza al poder. En Cuba ocurre exactamente lo contrario: el poder controla toda la prensa. No existen cadenas de televisión independientes, ni periódicos nacionales privados, ni emisoras libres de radio. Todo medio importante pertenece al Estado o responde a sus directrices ideológicas. El periodista que investiga la corrupción gubernamental termina censurado, encarcelado o empujado al exilio.

En una democracia el ciudadano puede criticar al gobierno sin miedo. En Cuba una publicación en redes sociales, una protesta pacífica o una opinión incómoda pueden convertirse en un expediente policial. Decenas de opositores, periodistas independientes, artistas y activistas han conocido la prisión únicamente por ejercer libertades que en cualquier sociedad democrática son consideradas derechos fundamentales.

La realidad dice otra cosa

El discurso oficial insiste en que la Revolución educa. La realidad demuestra otra cosa. Educar significa enseñar a pensar; adoctrinar significa enseñar qué pensar. Desde la escuela primaria hasta la universidad, el sistema político convierte la fidelidad ideológica en un requisito para ascender profesionalmente. La historia se presenta filtrada por la conveniencia del Partido, mientras las voces discrepantes desaparecen de los libros de texto.

Bruno Rodríguez también pretende presentar la Constitución como garantía de los derechos ciudadanos. Sin embargo, cuando una Constitución coloca a un partido por encima de la propia nación, deja de ser un instrumento de protección para convertirse en un mecanismo de control. Ningún tribunal independiente puede declarar inconstitucional una decisión del Partido porque el Partido está situado por encima de cualquier equilibrio institucional.

Y cuando los ciudadanos decidieron expresar su descontento en las calles el 11 de julio de 2021, la respuesta no fue el diálogo propio de una democracia, sino la represión, los encarcelamientos y largas condenas de prisión. Aquellos hechos mostraron al mundo que el régimen no tolera la discrepancia porque sabe que su legitimidad depende del silencio, no del consentimiento.

Las democracias no alardean de serlo

Resulta revelador que el Gobierno cubano necesite repetir constantemente que vive en democracia. Las democracias verdaderas no necesitan convencer al mundo de que lo son; lo demuestran mediante elecciones libres, separación de poderes, libertad de prensa, independencia judicial y respeto a los derechos humanos. La legitimidad nace de los hechos, no de los discursos.

El canciller Bruno Rodríguez no defiende una democracia diferente. Defiende un régimen de partido único que monopoliza el poder político, controla la economía, dirige la educación, domina los medios de comunicación y reprime sistemáticamente la disidencia. Cambiar el nombre de una dictadura no altera su naturaleza.

George Orwell escribió que quien controla el lenguaje termina controlando el pensamiento. El castrismo ha intentado hacer exactamente eso: llamar democracia a la ausencia de democracia; llamar participación a la obediencia; llamar unidad a la prohibición del pluralismo; llamar justicia a la persecución del disidente; llamar soberanía a la negación de la libertad.

Pero las palabras conservan un significado. Y la historia también tiene memoria. Ninguna manipulación semántica podrá convertir una dictadura de partido único en una democracia. Por mucho que lo repita Bruno Rodríguez, la realidad termina imponiéndose sobre la propaganda.

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