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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El Zoológico Nacional de Cuba ha celebrado estos días el nacimiento de cuatro cachorros de tigre de Bengala como si fuera un triunfo de la ciencia y la conservación. Pero la realidad, como casi siempre en esta isla, tiene dos caras: la que enseñan los partes oficiales y la que callan las jaulas.

Mientras la prensa oficial aplaude, las denuncias que llegan a La Tijera News dibujan un escenario muy distinto: animales hermanos cruzados una y otra vez, crías con malformaciones y una tigresa blanca reducida a la piel y los huesos, convertida en el espejo de lo que ocurre cuando la propaganda pesa más que el bienestar.

Porque no se trata de un problema aislado. Es el síntoma de un sistema que no sabe gestionar ni su propia hambre. En una isla donde la carne fresca es un lujo reservado para la cúpula y sus allegados, ¿cómo van a alimentar adecuadamente a tres felinos que necesitan varios kilos de proteína al día? Los carnívoros del zoológico llevan años sobreviviendo con raciones escasas y dietas deficientes, mientras los funcionarios se llenan la boca hablando de «logros» y «compromiso con la especie». La hipocresía no es más que otra especialidad local.

¿Y la cómida de los animales?

Pero lo más indignante no es la negligencia, sino la impunidad. Denuncian las fuentes que un tal Ángel Cordero, alias «Pachy», sigue en su puesto de alta responsabilidad a pesar de las múltiples irregularidades en el manejo de los alimentos. ¿Quién controla lo que entra y lo que sale? ¿Dónde va a parar la comida que debería llegar a los animales? En un país donde la escasez se ha convertido en un negocio, no sería extraño que los piensos y la carne destinados a los tigres acabaran en otros platos. Pero nadie investiga, nadie pregunta, porque el que denuncia se convierte en el enemigo.

La reproducción de estos tigres no responde a ningún programa científico. Es puro teatro. Una cortina de humo para distraer a una población harta de apagones, colas y desabastecimiento. Incluso el anuncio del nacimiento de los cachorros fue retrasado varios meses, dosificado para hacer mella justo en medio de la crisis más aguda. Nada es casual: todo está calculado, hasta el último rugido, para que parezca que aún hay algo que celebrar. Pero los tigres no celebran nada. Los tigres pasan hambre.

Los animales solo interesan para la propaganda

Y mientras tanto, el zoológico se convierte en una jaula de cristal donde se exhibe la decadencia de un régimen incapaz de cuidar ni de sus símbolos. Porque el tigre de Bengala es un animal majestuoso, sí, pero también es un lujo que este país no puede permitirse si no es para la foto. Nadie se pregunta si esos cachorros sobrevivirán, si tendrán una alimentación digna o si acabarán como su antecesora blanca, convertida en un esqueleto andante que deambula entre rejas como un recordatorio vivo del abandono.

Las autoridades son las únicas responsables de este desastre. Ellos firman los presupuestos, ellos nombran a los directivos, ellos permiten que los animales vivan en condiciones infrahumanas mientras se fotografían con las crías para la prensa. Si realmente les importara la conservación, empezarían por alimentar a los tigres adultos antes de celebrar nacimientos. Si les importaran los animales, no utilizarían su sufrimiento como arma propagandística. Pero en Cuba, hasta los rugidos tienen dueño. Y ese dueño, como siempre, no paga facturas.

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