El doble fondo del ebanista

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Era de día el ciudadano perfecto. Ebanista de mano fina, diácono de gremio prestigioso, concejal de toga y verbo solemne. El hombre al que los ricos de Edimburgo llamaban para instalar cerraduras y dormir tranquilos. Y vaya si les daba seguridad… aunque ellos no sabían que el que ponía los cerrojos también se llevaba la copia de la llave en el bolsillo. Una maravilla de la hipocresía, de esas que solo el siglo XVIII sabía fabricar con tanto boato.

Pero el problema de Brodie era el apetito. El bueno del concejal mantenía dos amantes, cinco hijos ilegítimos y una adicción a los dados que dejaba la caja tan vacía como un bolsillo de mendigo. Así que aplicó la lógica del artesano: si no tienes dinero, fabrica las llaves de los que sí lo tienen. Mientras reparaba cerraduras ajenas, tomaba impresiones en cera como quien toma notas. Una obra maestra de la logística criminal, con finalidad de allanamiento y moraleja incluida.

Así pasaron años. Edimburgo era un hervidero de rumores fantasmales: casas desvalijadas sin puertas forzadas, objetos que desaparecían como por arte de birlibirloque. Y mientras los comerciantes exigían soluciones en el ayuntamiento, Brodie asentía con gesto grave y prometía mano dura. El zorro debatiendo cómo proteger mejor el gallinero. Qué morbo, qué faena, qué espectáculo de cinismo perfectamente engrasado durante tantas noches de lluvia escocesa.

La avarica acabó con todo

Pero la codicia rompió el saco. Quiso asaltar la oficina de impuestos y se rodeó de gente de la peor calaña. La operación salió rana, el botín fue una miseria y uno de sus socios cantó como un jilguero para no acabar en la horca. Brodie huyó a Londres, puso rumbo a Ámsterdam y soñó con América, pero lo pescaron antes de subir al barco. De vuelta a Edimburgo, con el rabo entre las piernas y las manos ya sin oficio, esperó el juicio que le iba a costar el pescuezo.

El 1 de octubre de 1788 lo ahorcaron ante una multitud que no quiso perderse la última función del hombre que había robado media ciudad sin romper una cerradura. Pero la historia no acabó allí. Años después, un tal Robert Louis Stevenson, que conservaba muebles hechos por Brodie en casa, se quedó con la mosca detrás de la oreja. Escribió una obra sobre aquel diácono partido en dos y, aunque nunca lo confesó del todo, el germen de Jekyll y Hyde ya estaba sembrado. Porque no hay monstruo más inquietante que el que lleva traje y corbata por la mañana, y un juego de ganzúas escondido en el alma por la noche.

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