El manual argentino para ganar Mundiales

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Por Yoyo Malagón (Especial para El Vigía de Cuba)

Houston.- A ver, que nadie se ofenda, pero hay que decirlo: Argentina no ha ganado ningún Mundial limpiamente. Ninguno. Y no me vengan con el romanticismo futbolero, con la mística, con el «fútbol es juego de caballeros». Porque cuando repasamos la historia, lo que encontramos es un rosario de escándalos, argucias y favoritismos que harían palidecer a cualquier político corrupto. El fútbol argentino es como ese vecino que siempre gana al dominó, pero cuando miras debajo de la mesa, tiene tres cartas escondidas en la manga. Y el mundo, en su ingenuidad, sigue aplaudiendo.

Empecemos por el abuelo de todos los escándalos: 1978, Argentina local, dictadura mediante. El partido contra Perú es la joya de la corona de la trampa. Argentina necesitaba ganar por cuatro goles para dejar fuera a Brasil. ¿Y qué pasó? Que los peruanos, que venían de hacer un Mundial decente, se dejaron meter 6. Pero no fue casualidad: el dictador Videla entró al vestuario peruano junto a Henry Kissinger (sí, el Secretario de Estado estadounidense) y «conversaron» con los jugadores.

El manual argentino para ganar Mundiales
El dictador argentino Jorge Videla en el vestuario

Luego, el gobierno argentino donó 35.000 toneladas de grano a Perú días antes y un «crédito no reembolsable» después del partido. Vamos, que compraron el partido con cereal. Como si fuera un trueque en el mercado de abastos. Y luego, los jugadores peruanos confesaron sobornos y amenazas. Pero claro, no hay pruebas, dice la FIFA. Como si las pruebas hicieran falta cuando tienes a Videla en el vestuario.

México 1986 y la Mano de Dios

Pasemos a 1986, el Mundial de la «Mano de Dios». Ahí tenemos a Diego Armando Maradona, el ídolo absoluto, metiendo un gol con la mano y el árbitro, que debía estar viendo el partido con una venda en los ojos, lo convalida. Y no es que fuera un roce, no: fue un golpe de puño claro, descarado, que hasta un niño de cinco años veía desde la grada.

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Maradona marca a Inglaterra con la mano en México 1986

Pero claro, en Argentina eso fue «la mano de Dios». Pues vaya Dios de mierda, que tiene que ayudar a un argentino a ganar un partido con trampa. Y luego, el segundo gol, la famosa jugada de dos gambetas, que sí fue preciosa, no lo niego. Pero sin el primer gol robado, quizás la historia sería diferente. Pero así es el fútbol: el que roba primero, gana después.

Italia 1990: Argentina contra Brasil. El partido más sucio de la historia, y no por las faltas. ¿Qué pasó? Que los argentinos le metieron sustancias raras en la bebida a Branco, el lateral brasileño. Branco lo confirmó años después: le dieron una botella de agua que no era agua, y el tipo terminó mareado y desorientado. Y Maradona, el «dios» del fútbol, admitió que fue un «acto de picardía». Picardía, dice. No, amigo, eso es sabotaje. Eso es dopaje encubierto. Si esto hubiera pasado en el atletismo, estarían inhabilitados de por vida. Pero en el fútbol, como lo hizo Argentina, pasa a ser una anécdota graciosa.

Penaltis para marcar diferencias

Y llegamos a Catar 2022, el Mundial donde Argentina ganó el título. Pero, curiosamente, también el Mundial donde más penales le han pitado a una selección en toda la historia. ¿Es normal? ¿Es casualidad? Y no me vengan con que es porque atacan mucho, porque equipos como Brasil o Francia también atacan y no les dan ni la mitad.

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Catar 2022, la imagen más habitual: penal para Argentina

Esos penales fueron el pasaporte a la final. Sin ellos, la historia sería otra. Y hora, en 2026, además, la roja perdonada a Messi en el primer partido, cuando entró con la plancha al gemelo de un jugador saudí. En cualquier otro partido, eso es roja directa y tres partidos de sanción. Pero a Messi no, porque es Messi, porque es el favorito de Infantino. Y el presidente de la FIFA, ese señor que parece más un representante de Argentina que de todos los países, se aseguró de que nada empañara el título de su jugador favorito.

Y si me apuran, hasta el partido de ayer contra Egipto fue un escándalo. Argentina remontó un 2-0 que parecía imposible, pero no por méritos propios, sino porque el árbitro se inventó un penalti a Argentina, anuló un gol goles legalísimo a Egipto y permitió que el partido se fuera por el retrete. Fue un robo a mano armada, pero con bandera albiceleste.

Y mientras tanto, Infantino cambia la cara de tristeza por una de alegría desde la tribuna, porque sabe que Argentina en la final vende más, da más audiencia, llena más estadios. Pero se nos olvida que el fútbol no es un negocio para unos pocos, es un deporte para todos. O debería serlo. Pero con estos arbitrajes, con estos favoritismos, con esta parcialidad descarada, los Mundiales pierden toda su credibilidad.

Ocho penales en 11 partidos

Y no quiero terminar sin mencionar el dato estadístico: Argentina ha recibido ocho penales en los últimos once partidos mundialistas. Ocho. Una cifra que no tiene precedentes y que pone en duda cualquier título que haya logrado en los últimos años. ¿Tan buenos son? ¿O es que el árbitro va con la camiseta puesta? Porque lo de Catar fue un escándalo, lo de la mano de Dios fue un escándalo, lo del 78 fue un escándalo, y lo de Italia 90 fue un escándalo. En el fondo, Argentina no ha ganado ni un Mundial de forma justa. Siempre hay una trampa, un favor, una ayuda externa. Y eso, amigos, no es fútbol, es política, es corrupción, es el deporte prostituido por el dinero y el poder.

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No hubo nada… Messi tocó balón

Así que ya saben, cuando vean a Argentina celebrar un Mundial, recuerden: detrás de esa alegría hay un 6-0 comprado, una mano no sancionada, una bebida adulterada, muchos penaltis regalados y un presidente de la FIFA que aplaude desde la sombra.

Los Mundiales ya no son lo que eran. Ahora son un teatro donde el guion lo escribe Infantino y los actores principales son los argentinos, con trampa incluida. Y mientras tanto, los equipos que juegan limpio, los que sudan la camiseta sin ayuda externa, se quedan en el camino. El fútbol se está convirtiendo en una farsa, y nosotros, los espectadores, en cómplices de este circo.

Porque, seamos sinceros, si Argentina tuviera que ganar sin trampas, sin penales sospechosos, sin manos milagrosas, sin sobornos a dictadores… ¿habría ganado algún Mundial? Quizás el del 86, que jugaron bien, pero la mano les dio el empuje inicial. Quizás ninguno. Porque el fútbol argentino siempre ha necesitado un empujoncito, una ayudita, un «detalle» para llegar a la cima. No es talento, es trampa.

Y eso no es una crítica a los jugadores, que son buenísimos, sino a un sistema que lo permite, que lo fomenta y que, al final, premia al tramposo. Hasta que no se limpie el fútbol, hasta que no se castigue a los culpables, los Mundiales seguirán siendo una farsa. Pero bueno, mientras Infantino esté en la FIFA, los argentinos pueden seguir durmiendo tranquilos, con sus títulos manchados pero con la sonrisa puesta. A mí no me la pegan.

Por cierto, como el gran rival de Argentina para la final, en la que estarán de seguro, pudiera ser Francia, en el partido de los galos ante Marruecos todos los árbitros son argentinos. Así que a agarrarse, que se viene atraco grande en contra de Les Bleus.

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