El odio justificado a la clase política

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Odio a la clase política. Lo digo sin medias tintas, sin el disimulo de quien teme las represalias o el señalamiento. No me refiero a este o aquel partido -donde los haya-, a esta o aquella ideología. Odio la esencia misma de esa casta que se cree con derecho a disponer de nuestras vidas como si fuéramos piezas en un tablero que ellos mismos diseñaron para su propio beneficio. Porque la política, en su estado más puro, no es más que el arte de la simulación, la mentira institucionalizada y el robo con apellido de ley.

Los veo llegar, siempre iguales, con el mismo discurso aprendido de memoria, prometiendo lo que saben que no cumplirán. Cambian los nombres, cambian los rostros, pero el libreto es siempre el mismo: prometen construir puentes incluso donde no hay río, como dijo aquel viejo zorro soviético. Y mientras tanto, el río de la vida real se lleva a nuestros hijos, nuestras esperanzas, nuestros sueños rotos. Pero ellos no ven el río, solo ven el puente que prometieron y que nunca construirán, porque el puente no es más que una metáfora para ganar un voto más.

Cuba… la clase política cubana

En Cuba, esa dinastía del poder que se hereda de abuelos a hijos, de padres a nietos, ha convertido el hambre en una política de Estado. Setenta años de promesas vacías, setenta años de ver cómo el país se desangra mientras ellos engordan sus panzas y su patrimonio en paraísos fiscales y cuentas en el extranjero. El pueblo cubano ha aprendido a distinguir el ruido de la realidad: cada apagón, cada libra de pollo que no llega, cada medicamento que falta, es la prueba irrefutable de que la clase política no gobierna para el pueblo, sino para su propia subsistencia. Esa es la única causa que realmente les importa.

La manipulación es su arma más refinada. Controlan el relato, secuestran las palabras, las vacían de significado hasta que no quede más que un cascarón sonoro. Y lo hacen con tal cinismo que hasta logran que muchos se sientan culpables por cuestionarlos. “La palabra política se ha manoseado tanto que significa todo y no significa nada”, escribió Eduardo Galeano. Y tiene razón. Han prostituido el lenguaje hasta convertirlo en un instrumento de dominación, en un manto de humo para ocultar la podredumbre.

Pero lo más grave no es que mientan. Lo más grave es que han logrado que la mentira se parezca a la verdad, como sentenció George Orwell: “El lenguaje político está diseñado para hacer que la mentira suene a verdad y que el crimen se vuelva respetable”. Y así, mientras ellos hablan de “logros” y “victorias”, los cubanos hacen colas interminables para conseguir un huevo, mientras los niños crecen sin leche y los ancianos mueren sin medicinas. Esa es la verdad que ellos llaman revolución.

Lejos de todo, si Cuba no cambia

No es que el poder corrompa, como se dice a menudo. Es peor. Es que hay políticos que corrompen al poder, como afirmó George Bernard Shaw. Lo infectan todo con su ambición, su mediocridad y su voracidad, y los Castro son el mejor ejemplo. Convierten los ministerios en cortijos familiares, las empresas estatales en cajas registradoras personales, y las leyes en meros adornos retóricos que se aplican solo cuando conviene. La corrupción no es un efecto colateral de la política: es su esencia, su razón de ser.

Y mientras ellos juegan a ser los dueños del destino, el pueblo se hunde en la miseria. He visto madres que no pueden alimentar a sus hijos, ancianos que mendigan en las esquinas, jóvenes que emigran porque aquí no hay futuro. Pero ellos, los políticos, los Castro y sus adláteres siguen allí, instalados en sus poltronas, repartiéndose el botín como si fuera un derecho divino. Somos los rehenes de su teatro.

Lo peor de todo es que no hay escapatoria. Esta clase política, esta casta endogámica que se reproduce a sí misma, ha tejido una red tan tupida que parece imposible salir de ella. Son dueños de los medios, de las leyes, de las armas. Y lo peor: son dueños de nuestras conciencias, porque han logrado que muchos crean que esto es lo único posible, que no hay alternativa, que cualquier otro camino es peor. Pero yo sé que no es así. Por eso, cuando leo a Charles de Gaulle y su sentencia de que “la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos”, siento que por fin alguien dijo la verdad.

No quiero ser parte de este juego sucio. Me niego a ser parte del mismo engaño. He llegado a la conclusión de que la única forma de no ser cómplice de esta farsa es apartarme por completo. Porque mientras exista la política, y nuestros políticos- mientras haya quienes se crean con derecho a decidir por nosotros, mientras el poder sea un botín y no un servicio, seguiremos siendo víctimas de esta clase de depredadores con ropa de marca, de los nietos de los abuelos…

Por eso quiero un lugar apartado de todo y de todos, lejos de las influencias políticas, y hasta me sirve cuidar de un rebaño de ovejas en Islandia, pero lejos, muy lejos de la política. Y lejos, muy lejos de Cuba, al menos que hagamos que Cuba cambié ya. Ya.

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