El pollo y la oscuridad: crónica de una libra en Cuba

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Por René Fidel González ()

Santiago de Cuba.- Llegó, llegó el pollo; escuché gritar a lo lejos a unos vecinos; siento el tropel, las puertas cerrándose y abriéndose, la antigua divisa de pobres que es el aviso, volviendo otra vez a cotizarse después de un largo año. Los veo luego, pacientes, bajo el sol, en una suerte de frenesí social revisitado, en el viejo ritual de ofrendas al subdesarrollo en Cuba: la cola de vecinos.

Al mediodía se cayó el Sistema Energético Nacional; es como si José Martí lo hiciera en Dos Ríos cada cuatro o seis meses; una desgracia auténtica que parece repetida pero que lo único que hace es aplazarse. Investigan las causas, informan con cierta solemnidad impostada las autoridades de un Ministerio cuya historia e imagen de los últimos años está a mitad de camino entre la de una Cenicienta ninguneada por la soberbia y el desdén de un «hacer más con menos» cada vez más hipócrita, y la cara violácea, sudada y tensa de los fogoneros que atiborraron de carbón irlandés las calderas del Titanic para que aquella pequeña luz que era en la noche austral no dejara de alumbrar la esperanza, el pavor y la resignación de otras víctimas.

No confundir los deseos

Investigan las causas, repiten los partes oficiales que se escurren por la internet cubana como noticias sarnosas que se ignoran, porque el pueblo conoce todas las causas, toda la oscuridad, toda la oscuridad que viene cayendo sobre él. Se cayó el sistema, se cayó el Sistema, se cayó el Sistema, se repiten en el boca a boca hombres y mujeres sudados que andan como hormigas bajo el sol: nunca debe confundirse un anhelo con la impotencia, mucho menos con la falta de carácter, de humor, de miedo. Estos hombres y mujeres saben que el Sistema ya se cayó porque ellos ya no pueden caer más abajo, porque está sobre ellos, todo su peso. Eso creen pero además lo sienten, lo entienden: no es un derrumbe, es un aplastamiento.

Antes hacían el amor —singar, decían en la lengua franca que han hablado siempre con desparpajo e insolencia—. Ahora hacen el sudor en las largas noches, en las infinitas mañanas y tardes que el viejo Emerson creyó exorcizar. Lamen, sorben, resbalan y se afincan sobre el sudor que hacen los cuerpos que aman y poseen. Ni siquiera sospechan el registro que harán sobre ese goce maldito y alucinante hecho en la pobreza, sobre sus olores, sobre sus dolores y violencias consentidas, sobre la ternura; ni siquiera sabrán cómo decir qué era, pero lo reconocerán. Quizás singar fue siempre eso que ahora hacen, cuando a pesar de todo se aman.

Una libra de pollo para comprar silencio

Llegó, pon el aire, amor, dice ella, a la que la tierra ya se le acababa. Dice un vecino que esa felicidad que sienten por el pollo que llegó después de un año sin llegar nada, le recuerda una ancestral, la del bullón con viandas y arroces, con carnes y granos, con grasa de puerco y harina que servían después del corte, el tajo, el látigo, la plantación infinita, en el océano verde. Es una libra de pollo por persona, le dice ella, siete somos en mi casa; parece una guardarraya por la que salir pero no lo es, ¿acaso eso es lo que cuesta lograr nuestras cabezas bajas? Una libra de pollo subsidiada es una de las formas de la esclavitud; una libra del pollo salvaje de la inflación, de la especulación y el lucro, es una de las formas de la libertad.

Una paradoja no es una contradicción cualquiera, su linaje es el de aquellas cosas que se explican en lo que niegan. ¿Cuánta carne —de pollo— necesita un hombre para poder o no vivir? ¿Cuánta carne necesita una mujer para ser o no ser libre? ¿Cuánta carne es necesario no poder comer para ser carnívoro? La anciana dijo: el pollo está congelado, aguantará hasta mañana; lo herviré, lo freiré, luego. ¿Conseguiste carbón?, pregunta. Le responden: todo está bien. Los vecinos se internan un poco más en la oscuridad, todos nosotros; algo es cierto: en Cuba se camina en la oscuridad porque vamos hacia algún lugar aunque todo parezca cada vez más oscuro. Hoy un niño comió pollo —o quizás mañana lo haga—; los perros, los cubanos y cubanas que junto a ellos husmean en los basureros, con suerte, lo harán también con los huesos duros y otros restos carcomidos. La alegría, a veces, es insospechada e indescifrable, ambigua, amable.

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