El burro que le ganó a la montaña

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay hombres que nacen para construir imperios y otros que nacen para construir un agujero en una montaña. William Henry Schmidt, al que llamaban «Burro» por sus burros o por su testarudez —porque en el fondo es lo mismo—, era de los segundos. Tuvo una concesión minera en el desierto de Mojave, a principios del siglo pasado, y un problema: el camino entre su mina y el sitio donde podía vender el mineral era un peligro. Tan peligroso que Schmidt, en lugar de buscar otra ruta, decidió que no iba a cruzarlo. Iba a atravesar la montaña. Así, como suena.

En 1906 empezó a darle con pico, pala, explosivos y una carretilla. Después puso rieles y una vagoneta. El asunto era lento como una condena, sucio como una mina y peligroso como cruzar a pie la autopista. Pero el Burro avanzaba golpe a golpe, entre el polvo que le llenaba los pulmones y la oscuridad que le comía los días. No había nadie más que él, solo su idea. Y las ideas, cuando se instalan en la cabeza de un terco, se vuelven más sólidas que la roca que intenta perforar.

En 1920, cuando ya había pasado catorce años bajo tierra, el progreso le hizo una mala pasada: construyeron una carretera que hacía completamente inútil su proyecto. Cualquier otro habría guardado las herramientas, habría mirado el túnel a medio hacer, habría levantado los hombros y se habría ido a tomar una cerveza. Pero Schmidt no. Schmidt siguió cavando. Porque el túnel ya no era para el mineral. El túnel era para él.

Siguió excavando hasta finales de la década de 1930. Más de treinta años después de empezar, salió al otro lado de la montaña. Seiscientos metros de roca sólida atravesada por un solo hombre, con dos manos y una obsesión. El túnel era una obra mastodóntica, una herida perfecta en el costado de la tierra. Nunca sacó ni un gramo de mineral por allí. Nunca lo usó para nada. Se marchó y dejó aquello como un testimonio de que la perseverancia y la locura, a veces, son la misma cosa.

Hoy el túnel de Burro Schmidt sigue en pie, en medio del desierto, como un monumento a la obstinación humana. No sirve para nada, pero está ahí. Porque hay personas que no cavan para llegar a algún sitio. Cavan porque rendirse, para ellas, es más imposible que atravesar una montaña con las manos. Y quizá esa sea la única lección que valga la pena recordar: que a veces el destino no es lo que encuentras al final del túnel, sino lo que fuiste mientras lo cavabas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy