
«Un asesinato de la vida a cámara lenta», dice periodista cubano
Por Anette Espinosa
Contramaestre.- En Contramaestre, Santiago de Cuba, el periodista Arnoldo Fernández resume la realidad de su barrio con dos palabras: «¡Qué desastre!». La corriente eléctrica desaparece durante la mayor parte del día y de la noche, y cuando finalmente regresa, la conexión telefónica y el acceso a internet continúan fallando. A esa cadena de dificultades se suma otro problema que golpea con la misma fuerza: en la zona donde vive no reciben agua desde hace más de cuatro meses.
Para cientos de familias, la crisis dejó de ser una noticia y pasó a convertirse en la rutina.
Los apagones siguen marcando el ritmo de la vida en buena parte de Cuba. Conservar los alimentos, dormir, estudiar, trabajar o simplemente comunicarse con un familiar depende de unas pocas horas de electricidad que nadie sabe cuándo llegarán.
Fernández describe esa realidad como «un asesinato de la vida a cámara lenta» y sostiene que ni siquiera la imaginación de Dante alcanzaría para retratar el nivel de deterioro que experimentan hoy muchas comunidades del país.
En medio de ese escenario, el régimen acelera un proceso de transformaciones económicas que amplía los espacios para el mercado y la iniciativa privada. La decisión llega en uno de los momentos más complejos que ha vivido la isla en décadas: una población envejecida, una emigración constante, inflación, escasez de alimentos y servicios públicos cada vez más deteriorados.
Numerosos ciudadanos temen que el costo de esos cambios recaiga, una vez más, sobre quienes menos recursos tienen.
La acumulación de problemas ha ido dejando una profunda huella social. Los testimonios que llegan desde distintos municipios hablan de agotamiento, incertidumbre y desesperanza. La falta de agua, los prolongados cortes eléctricos, la pérdida de poder adquisitivo y el deterioro de las condiciones de vida conforman un panorama que muchos describen como una emergencia humanitaria silenciosa, donde el desgaste emocional avanza al mismo ritmo que el material.
Mientras las soluciones siguen sin aparecer, crece el sentimiento de que el país ha llegado a un límite. El testimonio de Arnoldo Fernández no es un caso aislado, sino el reflejo de una realidad compartida por miles de cubanos que enfrentan cada día una suma de carencias difíciles de sostener. Más allá de las cifras y los discursos oficiales, la crisis continúa escribiéndose en los hogares donde falta la luz, el agua y, cada vez más, la esperanza.






