El ruido del silencio

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- Luis Manuel Ferri Llopis nació en Aielo de Malferit, un pueblo valenciano donde el silencio se medía por fanegas, el 3 de agosto de 1944. Su padre era un modesto comerciante que se trasladó a Valencia buscando mejores aires. De adolescente trabajó como empaquetador en una joyería, pero cuando abría la boca dejaba de ser un chico de almacén. Aquella voz salía del pecho como un cañón y rompía todo lo que encontraba a su paso.

Empezó cantando en Los Hispánicos, un grupo de medio pelo, hasta que en 1969 conoció al compositor Augusto Algueró. «Te quiero, te quiero» fue el primer disparo. Luego vinieron «Noelia», «Un beso y una flor», «Cartas amarillas», «Libre». No eran canciones: eran himnos que entraban en las casas como entra la luz por una ventana rota. Nino Bravo tenía una voz que no se parecía a nada, una potencia contenida que no necesitaba aspavientos. Cada nota estaba exactamente donde debía estar.

América

América Latina se rindió a sus pies en 1972. México, Colombia, Venezuela, Argentina: donde llegaba, llenaba. Tenía veintiocho años y el mundo entero por delante. Su versión de «América, América» sonó como si la hubiera escrito él, aunque era prestada. Cantaba con la garganta y con las vísceras, sin red, sin trucos. Las giras se encadenaban unas con otras, las portadas de las revistas se lo disputaban, y él seguía siendo aquel chico tímido que se emocionaba con un plato de paella.

Se casó con María Amparo Martínez en 1971 y tuvo dos hijas. Cuando le preguntaban por la fama, respondía con una sonrisa y cambiaba de tema. No era de los que se crecen mirándose al espejo. Prefería los coches, la carretera, el vértigo controlado. Le gustaba conducir. Demasiado.

El 16 de abril de 1973, un BMW 2800 se salió de la carretera en el kilómetro 172 de la N-III, cerca de Cuenca. Era de madrugada, llovía. Nino Bravo iba al volante. El coche dio varias vueltas de campana y terminó hecho un amasijo de hierros. Tenía veintiocho años. España se quedó sin voz durante días. Las radios no sabían qué poner. «Libre» sonó entonces como una profecía, como si toda su carrera hubiera sido una despedida ensayada sin saberlo. La carretera le quitó la vida, pero no pudo quitarle la voz. Esa sigue intacta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy