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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Tuve un amigo en los tiempos en que la televisión era en blanco y negro y las aventuras de El Corsario NegroEnrique Lagardere y El Conde de Montecristo se transmitían en vivo. Mi amigo, joven y sin vocación definida, quería ser actor. Y en cada capítulo lo mataban tres o cuatro veces: aparecía con un sombrero calado en un duelo de espadas que duraba un segundo, luego con un turbante en la cabeza recibiendo un tiro de mosquete, más tarde lo lanzaban por la borda de un supuesto barco.

Los niños del barrio nos divertíamos viéndolo morir una y otra vez, para reaparecer al día siguiente caminando por la calle como si nada. Allí, en la televisión de entonces —o ahora en los juegos electrónicos— es el único lugar donde puedes perder la vida y recuperarla sin consecuencias.

En la vida real, sin embargo, la cosa es bien distinta. Aquí tienes una sola vida, y cada día que pierdes es un día que jamás vas a recuperar. El tiempo también termina con las vidas: la niñez tiene su tiempo, que demora un poco más porque queremos ser hombres pronto; luego la juventud, la madurez, y un día te das cuenta de que la vida se va, se fue, se te escurrió entre los dedos mientras esperabas.

Y aún sabiendo esto, sabiendo que tenemos una sola existencia, finita y efímera, el gobierno cubano insiste en pedirnos paciencia, en que esperemos, en que creamos que las medidas anunciadas —solo anunciadas— van a resolver nuestros problemas. Como si el hambre pudiera esperar. Como si los apagones tuvieran consideración con los que envejecen a oscuras.

Al castrismo también se le acaba el tiempo

Los jerarcas del feudo castrista, Díaz-Canel y Manuel Marrero, hablaron de 176 medidas con esa solemnidad hueca que ensayan frente al espejo. Mientras tanto, el primer capataz —el nieto de Raúl Castro— negocia con alguien de Estados Unidos para ganar tiempo. Tiempo para ellos, porque a ellos también el tiempo se les acaba. Lo saben. Lo huelen. Y por eso despliegan el mismo libreto de siempre: anuncios, promesas, distracciones.

Hablan de entrega de tierras, de la posibilidad de que los cubanos inviertan en empresas del país, de que los que están fuera puedan regresar y tener sus negocios. Pero no dicen una palabra sobre cómo van a resolverse los problemas fundamentales: la falta de alimentos, de agua, de medicinas, de transporte. Anuncian, dicen, prometen. Incluso sueltan frases como “cuando se liberen las fuerzas productivas”, que suena extremadamente abstracto viniendo de quienes llevan casi 68 años sometiéndolas.

Porque esos son los plazos de la tiranía: casi siete décadas secuestrando la iniciativa, asfixiando el talento, castigando el esfuerzo ajeno, y ahora hablan de “liberar” como si ellos no fueran los carceleros. Las medidas no son más que una coartada. Una cortina de humo para ver qué pasa en la Casa Blanca, para volver a engañar a los gobernantes del país vecino, para estirar el chicle hasta que reviente. Pero olvidan algo elemental: ya no está Obama en Washington.

Trump tiene mucho que decir

El inquilino actual de la Oficina Oval, un tal Donald Trump, tiene un Secretario de Estado que se llama Marco Rubio, y Rubio se conoce todas las mañas de la tiranía. Sabe cómo operan, cómo mienten, cómo ganan tiempo mientras el pueblo se consume. Con ese interlocutor no valen las trampas de siempre.

El tiempo se acaba. Se le acaba al régimen y se nos acaba a nosotros, pero con una diferencia: ellos pelean por conservar sus privilegios; nosotros, por recuperar la vida que nos han robado. Y esa pelea no la vamos a perder, porque hemos aprendido a distinguir entre las muertes de utilería y la muerte real.

Mi amigo el actor extra podía resucitar al día siguiente, pero aquello era un montaje. Lo que viene ahora no es televisión. Lo que viene es la oportunidad de dejar de ser extras en nuestra propia historia. Muy pronto —no sé cuándo exactamente, pero sí estoy seguro de que será pronto— los cubanos volveremos a ser dueños de nuestro destino. Por una vía o por otra, esto se acaba. Y no habrá turbante ni sombrero que disimule la estocada final.

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