
Pedro Sáez… mientras Almeida vivió
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- A Pedro Sáez Montejo lo mandaron a Angola como mandaban a todos los dirigentes que aspiraban a grandes cosas en Cuba: a cumplir con el expediente bélico, pero bien lejos de las balas. Allí nunca pasó frío ni miedo. Estuvo lo justo, protegido por un sistema que siempre supo blindar a los suyos mientras acumulaban méritos de cartón para seguir escalando.
Sáez era el más pequeño de varios hermanos y el más oscuro de todos, un detalle que al mulato de Camajuaní nunca le sentó bien. Se graduó de Marxismo e Historia en la Universidad Central de Las Villas, y con ese título bajo el brazo y una ambición que no se molestaba en disimular, empezó a trepar por la Unión de Jóvenes Comunistas con la paciencia de quien sabe que el camino es largo pero el destino está escrito.
Lo mandaron de segundo del Partido a San José de las Lajas, luego de primero, y un buen día le dijeron que sería el secretario provincial de Sancti Spíritus. Aquello le quedaba chiquito. Él lo sabía. Por eso se dedicó a cultivar amigos arriba, que es la única forma de cultivar algo que valga la pena en ese entramado de lealtades y silencios.

Su amistad con Carlos Lage era a prueba de balas, y cuando regresó del congreso que lo convirtió en miembro del Buró Político, Heriberto Moreno, entonces director del INDER en Sancti Spíritus, se lo dijo sin rodeos: ‘a nadie lo ascienden a esa responsabilidad para dejarlo al frente de una provincia intrascendente’. Menos de una semana después, Sáez ya era el primer secretario en La Habana, en sustitución de Cándido Palmero. Se iba acercando al poder con la naturalidad de quien ha aprendido a moverse entre alfombras y puñales.
Un protector grande en Juan Almeida
En esa escalada se granjeó la protección de Juan Almeida, el comandante que oficiaba de escudo, y el visto bueno de Fidel, que en aquellos años aún repartía bendiciones. A Ramiro Valdés también lo tuvo cerca. Pero a Raúl le temía. Le temía de una manera casi instintiva, sin saber muy bien por qué, como quien le teme a una carta que no se ha jugado pero que sabe que está ahí, esperando. Mientras Almeida viviera, se repetía, no tendría problemas. Y en esa certeza se instaló, confiado, moviendo hilos en la capital, la provincia más importante, la vidriera desde la que todo se ve y todo se oculta.
Hubo un episodio en la finca de Corado Hernández, allá en Matanzas, del que Sáez salió ileso porque Almeida intercedió con una advertencia que valía más que un salvoconducto: ‘se puede hacer lo que se quiera, pero Fidel y Raúl deben saberlo’.
Almeida lo protegió de aquella conspiración que tiempo después le costaría el puesto a Lage, a Felipe Pérez Roque y a Fernando Remírez de Estenoz. Pero Raúl guardó la carta. Siempre la guardó. Cuando Lage cayó en desgracia, Sáez se mantuvo en pie gracias al paraguas del comandante, pero el equilibrio era cada vez más precario, y los rollos con faldas, que siempre fueron muchos, empezaron a hacer ruido donde no debían.
Escándalo, final y olvido
El escándalo con Mariuska Díaz, la presentadora del Noticiero y por entonces mujer de Robertón, el excantante de Van Van, fue la chispa que encendió lo que ya estaba listo para arder. Para entonces Fidel había perdido toda noción de lo que se hacía, Almeida acababa de morir, Lage estaba defenestrado y Raúl, con un solo golpe, se lo quitó de encima.

Sin protectores, sin amigos con poder, Sáez se derrumbó como se derrumban los que nunca construyeron nada propio, solo lealtades prestadas. No fue una víctima. Fue un hombre que jugó con las reglas del sistema, que se benefició de ellas mientras tuvo fichas, y que cuando se quedó sin naipes descubrió que la mesa siempre tuvo dueño.
Desde entonces, el silencio. Nadie sabe a ciencia cierta dónde está, aunque se dice que sobrevive por algún rincón de La Habana, con casi ochenta años, escondido, a duras penas, arrastrando una existencia que ya no le sirve a nadie. Es el destino de los que se prestan a hacerle el juego al castrismo: útiles hasta que dejan de serlo, funcionales hasta que un gesto de Raúl los borra del mapa sin necesidad de juicios ni explicaciones. A Sáez lo enterraron en vida, como a tantos, pero él no es un mártir. Es el ejemplo típico de quien creyó que podía soñar grande en un sistema que solo tolera los sueños del jefe.
Pedro Sáez fue, en el fondo, un hombre que supo moverse en las alturas mientras tuvo quién le cubriera las espaldas. Su historia es la de un sistema que devora a sus propios hijos cuando ya no son rentables, pero también la de un hombre que eligió cada peldaño, cada silencio, cada complicidad. Raúl lo apartó con la frialdad de quien nunca olvida una carta guardada. Y Sáez, que le temía desde siempre, terminó por comprobar que sus miedos tenían fundamento. Hoy, su nombre apenas dice nada. Como si nunca hubiera estado en el Buró Político. Como si La Habana nunca hubiera sido suya.






