El secreto de Adaline: el loft bien decorado

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay películas que te prometen el cielo y te entregan un loft bien decorado. El secreto de Adaline es una de esas. La premisa es un caramelito: una mujer que deja de envejecer a los 29 años después de un accidente con hipotermia, agua y un rayo. Suena a ciencia ficción con alma. Pero el filme, dirigido por Lee Toland Krieger, usa esa idea como un elegante trampolín para no saltar a ningún lado, sino para quedarse flotando en un drama romántico de manual.

Adaline Bowman (Blake Lively) ha vivido ocho décadas con la misma cara. Ha visto morir a su hija, que ahora es una anciana de 80 años interpretada por Ellen Burstyn, y ha aprendido a no encariñarse con nadie. Hasta que conoce a Ellis Jones (Michiel Huisman), un filántropo con sonrisa de anuncio de colonia. La cosa se complica cuando él la lleva a conocer a sus padres y resulta que el padre (Harrison Ford) es un antiguo amor de Adaline de los años 60. El drama familiar está servido, pero el guion de J. Mills Goodloe y Salvador Paskowitz lo sirve con cuentagotas y sin mucha salsa.

El reparto es el principal anzuelo. Blake Lively se esfuerza y transmite esa melancolía de quien ha visto demasiado, pero su personaje es tan misterioso que a veces parece de cartón piedra. Michiel Huisman cumple con el tipo, pero no pasa de ahí. La sorpresa, y lo mejor de la función, es Harrison Ford. El veterano actor se marca uno de sus mejores papeles en años. En una escena, sin apenas diálogo, su rostro pasa de la confusión al asombro y al afecto al reconocer a Adaline. Es el único momento en el que la película respira de verdad.

Esas cosas impecables

El filme costó 25 millones de dólares y recaudó 65,7. No es un blockbuster, pero el dinero se nota en la fotografía de David Lanzenberg, que es un lujo, y en el vestuario, que convierte a Lively en un icono de todas las épocas. El problema es que todo es tan bonito que duele. La ambientación es impecable, la luz es cálida y los paisajes parecen postales. Pero bajo esa capa de pintura, no hay mucho más que una historia de amor previsible que no se atreve a explorar las verdaderas consecuencias de la inmortalidad.

¿Qué deja El secreto de Adaline? Un buen rato, si no pides demasiado. Es una película correcta, bien hecha y con un par de momentos emotivos gracias a Ford. Pero también es un ejemplo de cómo una idea fascinante puede quedarse en un suspiro por miedo a mojarse. El final, además, es un despropósito que desarma todo lo construido. Si buscas una tarde de sofá y lluvia, puede valer. Si esperas que te haga pensar, mejor busca en otro lado. Adaline vive para siempre, pero su película se olvida al día siguiente.

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